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¿Hacia dónde va China?

24 de abril de 2018

Un economista de Harvard advierte sobre los peligros de la globalización

Por Nabih Yussef

Con una máscara de gas como protección, un manifestante recoge una pieza de hormigón del suelo y lo arroja por los aires. El proyectil atraviesa como ráfaga por una esquina urbana y se estrella en un escudo de plástico. Detrás de él, un oficial vestido de azul custodia una puerta de hierro. Esa puerta es la última frontera entre los manifestantes y los funcionarios del Fondo Monetario Internacional (FMI), que se encuentran reunidos en Buenos Aires, en diciembre de 2001.

Desde hace al menos 30 años, toda vez que una reunión del FMI, del Banco Mundial o de la Organización Mundial del Comercio tiene lugar, miles de personas se organizan para exhibir su repudio.

La omnipresencia de estas manifestaciones a lo largo del globo, ponen en jaque el consenso de la globalización como proceso “natural” de inserción internacional de los países. Según ésta, los ciudadanos globales debemos participar de un proceso que actúe como una unidad en tiempo real y a escala planetaria[1], borrando las fronteras de los Estados-nación. Esta interconectividad fugaz, moldearía una especie de “aldea global”, que de no ser por la conectividad virtual y las comunicaciones aéreas, parecería un oxímoron. La “aldea” como tal, supone un asentamiento pequeño, donde todos se conocen con todos y tienen acceso a cualquier lugar del territorio. Suponer que el mundo va camino a convertirse en una aldea global, admitiría que un trabajador argentino pueda estudiar en las universidades europeas, vacacionar en las costas del caribe o ir de compras por las metrópolis chinas. Pero esta no es la regla, y quienes acceden a estas actividades son abiertamente considerados “afortunados” por nuestra sociedad.

Dani Rodrik es un economista turco que enseña en la prestigiosa Universidad de Harvard. En sus recientes estudios sobre la globalización, advierte sobre las verdaderas características de este proceso y anticipa que lejos de “globalizar” los flujos migratorios, se reduce a “eliminar los costos de transacción que limitan los flujos comerciales y financieros”[2]. Lo que llevado al extremo, podría verse como mayores permisibilidades de transporte para un calzado chino que a un trabajador boliviano.

Para el economista, el actual modelo de globalización favorece la inexistencia de controles a las finanzas internacionales. De esta manera, el mercado internacional no posee fondos de garantías, prestamistas de último recurso o leyes concursales que amparen a países que ingresan en default y deben llegar a acuerdos con los acreedores internacionales.

Los defensores de esta hiperglobalización financiera están en todas partes. Desde las universidades a las empresas, por todos lados encontramos a gurúes del “fin del Estado”, que anticipan la eliminación de las barreras internacionales, o que más humildemente sugieren que se trata de algo positivo por lo que el Estado debería atravesar.

Desde organizaciones como el FMI, se pretende aleccionar al resto de los gobiernos sobre la necesidad de reformas estructurales para homogeneizar a sus instituciones políticas. De esta manera, se repite como mantra la necesidad de estandarizar las leyes locales con las internacionales para atraer a inversores internacionales. Sin embargo, la globalización lleva “a los mercados más allá de lo que su gobernanza puede soportar”, menciona Rodrik, y sostiene “las naciones tienen derecho a la diferencia, no a la convergencia”. Esto es, a poder edificar sus instituciones con arreglo a los valores y acuerdos locales para gestionar sus mercados y derechos.

Las reglas de la globalización no deberían obligar al gobierno argentino a aceptar productos chinos con elevada participación de trabajo infantil. ¿Podríamos -acaso-decidir si aceptar o no, productos hindúes altamente contaminantes?, ¿o aceptar el veto francés a nuestros productos agrícolas bajo pretextos de sanidad alimentaria? Para Rodrik la respuesta debe ser construida sobre la base de nuestras instituciones públicas nacionales o regionales, en la medida en que la participación ciudadana así lo resolviera. Sin embargo, aceptar las fórmulas del desarrollo de parte de los organismos financieros, es aceptar un solo tipo de globalización, que más tiene que ver con la mundialización de las finanzas y menos con la globalización de la tecnología, el conocimiento o las protecciones ambientales. Mientras una de ella se imponga sobre la otra, la globalización seguirá siendo una mala palabra.

[1] CASTELLS, Manuel (2006). “Globalización, desarrollo y democracia: Chile en el contexto mundial”. Santiago de Chile, Fondo de Cultura.

[2] RODRIK, Dani (2012). “La paradoja de la globalización”, Antoni Bosch ediciones.

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