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13 de octubre de 2016

Tendencias y riesgos económicos y geopolíticos para la economía mundial

Por Federico Steinberg*

Es poco probable que en 2016 y 2017 se produzcan eventos económicos o geopolíticos de carácter sistémico que cambien profundamente la tendencia de suave desaceleración global actual. Habrá problemas en determinadas regiones pero no constituirán un punto de inflexión.

La economía mundial se está desacelerando. Tras la débil recuperación que ha seguido a la Gran Recesión (2008-10), en la que el crecimiento de los países avanzados se hundió pero el de los países emergentes se mantuvo bastante sólido, asistimos a una desaceleración generalizada del crecimiento en las potencias emergentes. Como esta no va acompañada de una aceleración suficiente del dinamismo de los países avanzados, el ritmo de crecimiento de la economía mundial se resiente.

A pesar de este contexto de desaceleración, no parece probable que la economía mundial vaya a sufrir eventos sistémicos graves que la lleven a una recesión global. Aunque es imposible anticipar los “cisnes negros” (sucesos muy improbables pero de consecuencias catastróficas) no parece que los hechos acontecidos en este 2016 o los que puedan venir vayan a producir una crisis generalizada y abrupta. Posiblemente, lo más preocupante y desestabilizador haya sido el referéndum de Reino Unido por la salida de la Unión Europea. Sin embargo, esta salida aún es solo potencial, e incluso en el caso de darse no tendría por qué generar un colapso a gran escala de la economía mundial, aunque sí tendría consecuencias muy importantes para la economía británica (y, en mucha menor medida, para la europea). De hecho, los dos principales peligros que la economía mundial ya afrontó a mediados de 2015 y principios de 2016 (la posible salida de Grecia del euro y un colapso de la economía china), se evitaron, aunque han creado cierta inquietud.

Eso no significa que no existan riesgos. Hay elementos de preocupación tanto en el campo económico como en el geopolítico, más allá del Brexit o de la posible elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Asimismo, la economía mundial se enfrenta a enormes retos a largo plazo que sus líderes no saben cómo abordar, desde los altos niveles de endeudamiento hasta el cambio climático, pasando por la caída de la productividad, el comercio internacional y el crecimiento potencial. Sin embargo, la tesis central de este artículo es la improbabilidad de que a lo largo de 2016 y 2017 se produzcan eventos económicos o geopolíticos de carácter sistémico que cambien profundamente la tendencia de suave desaceleración global en la que nos encontramos. Habrá problemas que se circunscriban a determinadas regiones, como la recesión de algunos países exportadores de materias primas ,debido a los bajos precios de los productos básicos o las complejas implicaciones internacionales del conflicto en Siria y sus vecinos (tanto en términos de refugiados como de posibles ataques terroristas de Daesh en países occidentales). Pero es difícil que alguno de ellos constituya un punto de inflexión (económico o geoestratégico) como el producido tras la quiebra de Lehman Brothers en 2008 o los atentados del 11-S en EE UU en 2001.

Un mundo en transición 

Cualquier análisis de los riesgos e incertidumbres a los que se enfrenta la economía mundial debe partir de entender el complejo contexto de cambio que atraviesa el mundo, lo cual dificulta una previsión certera sobre el futuro, especialmente en las relaciones económicas y políticas internacionales.

En primer lugar, desde hace algunas décadas tiene lugar un proceso de convergencia entre las economías avanzadas y las emergentes, acompañado de un incremento de la interdependencia entre todas ellas, que da lugar a una economía mundial cada vez más multipolar y con menor dominio de Occidente sobre el resto que en el pasado. La globalización económica y la tendencia a la convergencia de los niveles de productividad entre los países más ricos y los de renta media y media baja (causada por una combinación de aumento de la velocidad de la difusión de la tecnología y buenas políticas públicas en los países emergentes) hace que la brecha de riqueza entre los países avanzados y el resto se estreche con rapidez. A pesar de que algunos de los países más pobres del mundo (sobre todo en África subsahariana y Asia Central) no participen en este proceso, y a pesar de que las grandes economías emergentes crecen más lentamente que en los últimos lustros, este proceso de convergencia seguramente continuará durante los próximos años. Así, el auge económico del mundo no occidental es un fenómeno imparable, lo que no implica, necesariamente, que estos países vayan a adelantar a EE UU y Europa en niveles de bienestar; solo indica que estrecharán la enorme brecha existente en renta per cápita con los países ricos desde la Revolución Industrial. Este proceso lleva a una economía cada vez más multipolar, donde los viejos conceptos de “centro” y “periferia” pierden su significado. Asimismo, el epicentro geográfico de la economía mundial se desplaza con rapidez desde el océano Atlántico hacia el Pacífico, lo que permite hablar de un siglo XXI más asiático.

El auge económico del mundo no occidental es un fenómeno prácticamente imparable

En segundo lugar, y más allá de los indicadores económicos, encontramos un mundo con menos conflictos bélicos entre Estados (aunque con más conflictos dentro de los mismos), con más países democráticos que en el pasado y con sociedades más desiguales, más urbanas y más envejecidas en los países avanzados (y en China), pero no en el resto de países emergentes. Todas estas tendencias sociopolíticas también parecen haber llegado para quedarse. La urbanización continuará, sobre todo en Asia y África, donde todavía el 50 por cien de la población vive en zonas rurales. El envejecimiento de la población será más intenso, poniendo en jaque los Estados de bienestar en los países avanzados y planteando graves problemas para el crecimiento en China. Asimismo, a menos que se pongan en marcha políticas radicalmente distintas para redistribuir la renta y la riqueza (algo poco probable), la desigualdad seguirá aumentando, tanto en los países avanzados como, sobre todo, en los emergentes, ya que la robotización y la automatización de la producción contribuirán de manera sustantiva al aumento de la desigualdad mediante la eliminación de muchos empleos. Esto, unido a los crecientes flujos migratorios, genera un incremento del proteccionismo y la xenofobia que se plasma en el auge de partidos antiglobalización en todo Occidente (el Brexit sería la manifestación de este fenómeno, pero también lo son Trump, el Frente Nacional en Francia o la presencia de otros partidos eurocríticos y eurofóbicos en casi todos los países de la UE).

Las implicaciones de estas macro tendencias económicas y sociales para las relaciones económicas internacionales son todavía inciertas. Sin embargo, se puede aventurar que asistiremos a una creciente rivalidad y competencia entre Estados (sobre todo entre las potencias en declive y las potencias en auge), que podría hacer más difícil la cooperación económica internacional y presionar para la transformación de las instituciones económicas internacionales. Pero, la probabilidad de conflictos militares entre grandes potencias es baja porque la interdependencia económica es alta, lo que no quiere decir que no haya crecientes fricciones en el campo comercial y financiero o que no se produzcan “accidentes” que lleven a enfrentamientos.

Los riesgos a corto plazo

En este contexto, durante 2016 y 2017, salvo que Trump sea elegido presidente y lleve a cabo políticas marcadamente aislacionistas, no deberían materializarse riesgos de carácter sistémico. Aun así, existen varios focos de incertidumbre, tanto económicos como geopolíticos, que podrían dar lugar a crisis localizadas.

Un continuo foco de riesgo sigue siendo China. Aunque el hundimiento de la bolsa de Shanghái, a mediados de 2015 y principios de 2016, generó un contagio posiblemente exagerado hacia los mercados europeos y americanos, parece estar controlado; pero resulta preocupante que la economía más grande del mundo (medida en paridad de poder de compra) se esté desacelerando y necesite modificar su patrón de crecimiento para evitar la “trampa de la renta media”. La falta de transparencia sobre las cifras de crecimiento real en China, la creciente deuda que acumulan las empresas, gobiernos regionales y el sistema bancario en la sombra, y la incertidumbre sobre la capacidad de sus líderes para lograr una desaceleración suave de su economía en vez de un colapso, seguirán nublando el horizonte de la economía china. Sin embargo, parece existir un consenso en que, aunque los retos a los que se enfrenta la economía china son enormes, lo más seguro es que las autoridades  evitarán un descalabro económico que, sin duda, generaría una crisis económica global.

En Europa, no se puede olvidar Grecia, epicentro de los riesgos para la zona euro desde 2009. Afortunadamente, tras el turbulento verano de 2015, cuando el país estuvo a punto de abandonar el euro, la situación macroeconómica parece haberse estabilizado. Aunque la crisis social continúa y el país sigue en recesión, el gobierno ha cumplido sus compromisos con las instituciones europeas y, por tanto, sigue teniendo acceso a los fondos que le permiten evitar un impago. Por el momento, el temido escenario del Grexit ha sido descartado.

El nuevo foco de riesgo en la UE es Reino Unido. La principal preocupación para el resto del año, y cuyas consecuencias son más difíciles de vislumbrar, es el Brexit. El resultado del referéndum británico no fue el esperado por los mercados ni por Bruselas, por lo que no había planes de contingencia. Es cierto que aún no se ha iniciado el procedimiento de “divorcio”, y que tampoco se sabe cómo será el nuevo encaje de Reino Unido en sus relaciones con la Unión. No obstante, por una parte, el daño está hecho y la incertidumbre y deslegitimación hacia Reino Unido y la Unión es irremediable. Pero, por otra, hay en el ambiente una sensación de que ni Europa ni Reino Unido permitirán que se produzca una crisis tan profunda como la vivida hace casi una década en el continente y de la que todavía no se ha salido.

La probabilidad de conflictos militares entre potencias es baja porque la interdependencia económica es alta

Otro elemento de riesgo es el impacto que la caída del precio del petróleo podía tener en las economías exportadoras de productos básicos, dependientes de estos productos para su estabilidad fiscal. El problema afecta especialmente a algunos países de América del Sur, pero también a Rusia y empresas occidentales que han invertido en estos sectores en las economías emergentes, anticipando precios altos durante los próximos años. En todo caso, y más allá de la durísima recesión que atraviesa Brasil, los precios de las materias primas parecen haberse estabilizado. También es importante recordar que, en principio, la bajada del precio del petróleo es positiva para el crecimiento de los países importadores como EE UU, Japón o las potencias europeas.

El último factor económico de incertidumbre es cómo van a reaccionar los mercados (bursátiles, de bonos y cambiarios) ante la subida de los tipos de interés en EE UU; mientras el Banco Central Europeo, el Banco de Japón y el Banco Central Chino mantienen políticas monetarias expansivas, en algunos casos de expansión cuantitativa. Esto generaría bruscas salidas de capital de algunas economías emergentes (sobre todo si acumulan desequilibrios externos y han sufrido burbujas en los mercados de activos en los últimos años) y depreciación de sus monedas, lo que conllevaría problemas para afrontar la deuda de aquellos países (y sobre todo empresas) que se hayan endeudado en dólares. Si se producen movimientos cambiarios bruscos (de apreciación del dólar contra las demás monedas y de aumento de la volatilidad), se sucederían episodios de “guerra de divisas”, en los que las distintas potencias se recriminen mutuamente que sus políticas monetarias buscan empobrecer al vecino, lo que desembocaría en tensiones proteccionistas. No obstante, la Reserva Federal estadounidense (Fed) ha ido aplazando esta subida de tipos de interés debido a la situación en China y al Brexit, por lo que resultaría exagerado preocuparse de todos estos potenciales seísmos al mismo tiempo, ya que si China colapsa o el Brexit se contagia a Europa, parece razonable pensar que EE UU demoraría aún más su proceso de normalización monetaria.

A estos riesgos económicos hay que añadir otros de carácter geopolítico. Los principales provienen de las tensiones en las antiguas repúblicas soviéticas como Ucrania, en Oriente Próximo y el norte de África, tanto vinculadas a la política expansionista rusa como a la evolución de la guerra civil en Siria y los ataques de Daesh, que también podrían aumentar el flujo de refugiados hacia Europa. Asimismo, no es descartable una escalada de conflictos en el mar de China por su rivalidad con Japón. Por último, hay que señalar los riesgos provenientes tanto del terrorismo “clásico” como de los ciberataques, que han hecho de la ciberseguridad un campo del que tanto Estados como empresas deberán estar cada vez más pendientes.

En resumen, la economía mundial está en transición y desaceleración, tiene importantes focos de riesgo, pero no es probable que estos se materialicen de forma abrupta generando una crisis sistémica. En todo caso, más allá de estos riesgos a corto plazo identificados para 2016 y 2017, la economía mundial tendrá que gestionar durante los próximos años una serie de retos más complejos. El alto endeudamiento que atenaza a los países avanzados, la baja inflación, el envejecimiento y el bajo crecimiento de la productividad dibujan un complejo panorama de “estancamiento secular” que, de traducirse en bajos niveles de crecimiento, resultaría preocupante. Asimismo, el problema del cambio climático, la creciente rivalidad por los recursos, el riesgo de fragmentación del sistema comercial mundial en bloques enfrentados o la guerra de divisas, serán asuntos que los líderes de las principales potencias deberán abordar.

El problema es la debilidad de la gobernanza global y la incapacidad para intervenir de forma efectiva, coordinada y eficiente en estas grandes cuestiones que han superado a los Estados-nación. Por tanto, probablemente el mayor riesgo económico y geopolítico a medio y largo plazo no sea ninguno de estos problemas candentes, sino el hecho de no ser capaces de crear nuevos acuerdos internacionales para afrontar los retos globales.

*Profesor del departamento de Análisis Económico de la Universidad Autónoma de Madrid e investigador del Real Instituto Elcano.

[Política Exterior]

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