Por Nabih Yussef 

La industria argentina en el ojo de los economistas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el sector acumuló 14 meses a la baja con leves crecimientos de la actividad en mayo (2,7%) y junio (6,6%). Resta saber los datos de julio y agosto que no fueron dados a conocer por el instituto de estadísticas.

Las expectativas de los empresarios exportadores decaen, la mitad de ellos no anticipa cambios en sus exportaciones para 2017, mientras un 15% avizora disminución en la actividad según datos del Estimador Mensual Industrial (EMI). Esto se traduce en falta oferta laboral, ya que un 75% de las firmas nacionales no esperan incorporar dotación personal para lo que va del 2017, mientras un 13% anticipa despidos.

En materia de inversiones el panorama no es alentador. En el año 2016 se contabilizaron la mitad de inversiones extranjeras directas (IED) que 2015, con us$6.000 millones frente a us$11.600 según datos del registro de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad). Para el economista Bernardo Kosacoff, “en los últimos años el capital extranjero tuvo una actitud muy pasiva en Argentina y tiene que ver con las reglas discrecionales que pusimos y el default de la deuda”, en referencia a la restricción argentina para el acceso de créditos internacionales. Sin embargo Kosacoff es optimista, “hay una actitud notablemente más positiva, las decisiones tardan en tomarse, pero Argentina tiene la posibilidad de presentar proyectos y ganar plataformas globales dentro de sus corporaciones”, al tiempo que anticipa tres nichos que tendrán auge en el corto plazo: energías renovables, petróleo e industria automotriz.

El dólar sigue siendo una variable determinante para los sectores exportadores. Desde mitad de julio a la fecha, el dólar ha escalado de $17,15 a %18,01 alivianando los costos del conglomerado productivo. “Argentina tiene salarios de ingresos medios, la apreciación cambiaria siempre ha tenido consecuencias muy negativas sobre la producción, por lo que es imposible pensar en una apertura al mundo con apreciación cambiaria”, advierte Kosacoff.

Argentina no presenta consensos políticos para modificar el patrón de inserción económica internacional, Kosacoff subraya que “en la medida que nos integremos al mundo como productores con escaso valor agregado tendremos divisas pero el desarrollo económico no se sostendrá”. Ex Director de CEPAL-Naciones Unidas en Argentina, Kosacoff concentra su atención en el tema de desarrollo, “el desarrollo económico se sostiene con la generación de capacidades tecnológicas domésticas, la calificación permanente de los recursos humanos y la generación de valor”.

Para el influyente economista, Argentina tiene potencial industrial pero si se toman las decisiones correctas: “los sectores productivos no son el problema sino la oportunidad, debemos revisar los instrumentos (económicos) y poner los incentivos en las actividades emprendedoras con innovación y calificación de los recursos”, especialmente “aprovechar la población joven pobre argentina capacitándola para que tampoco sea vista como un problema sino también como una oportunidad”, sentencia.

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Por Nabih Yussef

Matías Kulfas es economista y fue Director del Banco de la Nación Argentina durante las presidencias de Cristina Fernández de Kirchner. Actualmente fuera de la función pública, se desempeña como investigador de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de San Martín. Su último libro, “Los tres kirchnerismos”, traza un balance económico del período, intentando -dice- “salir de la polarización en el que está inmerso el análisis económico del país”.

Liberales vs heterodoxos

Asistimos en Argentina a un debate solapado entre los distintos sectores económicos que pugnan por la dirección de la política económica nacional, algo que no es nuevo, pero que parece no concluir en una victoria hegemónica de una escuela de pensamiento y así materializarse en políticas públicas de largo plazo. Para Kulfas, hay que detenerse en los modelos de desarrollo para llegar al verdadero debate en pugna. “El debate público se suele mover en torno a visiones deformadas de los modelos de desarrollo. Por un lado, el liberalismo vernáculo suele tener una mirada caricaturesca y empobrecida de lo que hacen otras experiencias, como el monetarismo, que aquí parece ser el paradigma a seguir. Por otra parte, dentro de los enfoques más heterodoxos hay también algunas miradas poco precisas que piensan que todo se reduce a estimular el mercado interno y restringir el ingreso de las importaciones, como si ello solo fuera suficiente para garantizar un proceso de industrialización y cambio estructural”, afirma.

Kulfas defiende su gestión como Director del Banco Nación desde 2008 hasta 2012 y ratifica que “el rumbo” durante la presidencia de CFK fue el correcto, sin embargo reconoce que existieron “fallas en la implementación y la calibración de políticas”. Para el economista, los modelos de ensamblaje electrónico en Tierra del Fuego y el modelo automotriz fueron ejemplos donde se “aparentó industrializar” pero con instrumentos errados. Kulfas entiende que se ha descuidado la estrategia industrial exportadora, “no es algo sencillo de implementar pero se puede pensar con una mirada de mediano y largo plazo”. Para el economista, el secreto es actuar con pragmatismo y sutileza, “hoy en día los principales países del mundo protegen su producción nacional de las importaciones, pero lo hacen de manera más sutil, con medidas para-arancelarias”, explica.

Inversiones que no llegan

Los flujos de inversión internacional caen y esto perjudica a América Latina que ve deteriorar sus indicadores. La Unión Europea como bloque, es el principal inversor en la región con un 53% del total; seguido de Estados Unidos con 20%; y Canadá con 8%. China constituye un caso aparte, donde figura en las estadísticas oficiales con un 1,1% pero que en verdad opera desde paraísos fiscales como el ducado de Luxemburgo con 8% de inversiones directas en la región.

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En Argentina, lejos de las promesas de inversión contabilizadas por el Ministerio de Hacienda por casi 30 mil millones de dólares, el país receptó poco más de 4 mil millones de dólares, un 85% menos de lo esperado. Para Kulfas, el presidente tiene una política direccionada a las inversiones extranjeras directas (IED), que es “equivocada”. Macri -sostiene- “repite la creencia de que toda IED es buena, que hay que salir de gira por el mundo mostrando las condiciones que tiene el país, encima en un contexto internacional que no es demasiado propicio”. El economista, ahora consultor de Idear Desarrollo, advierte que “muchas de las principales corporaciones transnacionales del mundo ya están en Argentina, y no desde el año pasado sino en muchos casos desde hace varias décadas. Conocen el país de primera mano, a través de lo que les cuentan sus gerentes locales, no necesitan giras sino generar negocios concretos, pero eso necesita que exista un plan de desarrollo, una idea, sino es sentarse a esperar a que sean las transnacionales las que los generen”.

– Entonces ¿cuál es el lugar de América Latina para las inversiones internacionales?

-“Hace más de dos décadas que las transnacionales ven a América Latina como un espacio para explotar recursos naturales y cuotas del mercado interno. Las mejores inversiones se van a Asia, aquí vienen las petroleras y mineras pero con tecnologías desarrolladas en otras zonas del planeta. Desarrollar clústers tecnológicos es algo mucho más complejo que decirles ‘vengan a invertir’. Noruega desarrolló su tecnología petrolera negociando con las grandes corporaciones del sector, el gobierno de Macri no tiene esta lógica, y por eso los resultados no acompañan, muy poca inversión y de mala calidad”.

– ¿Qué oportunidades tiene Argentina para atraer inversionistas?

-“Las corporaciones transnacionales tienen sus estrategias generales que son muy claras en materia de localización geográfica, luego existen los negocios de oportunidad que tienen que ser gestionados desde las políticas públicas. Si Argentina decide acertadamente diversificar su matriz energética hacia fuentes renovable y sanciona una ley con la que se obliga a llegar a 2025 con un 20% de la energía generada en base a renovables, es incomprensible que no se hayan focalizado todos los esfuerzos en desarrollar inversiones nacionales y atraer capitales externos para instalar fábricas de paneles solares, molinos eólicos, centrales biomásicas y centros de investigación y desarrollo para otras fuentes. Eso es carecer de mirada estratégica y modelo de desarrollo”.

– ¿El contexto ayuda?

-“Estamos en un contexto internacional complejo, de bajo crecimiento, se acabó el auge de los commodities; Brasil se encuentra en depresión económica. Los nichos de negocio hay que explotarlos al máximo, optimizando la inversión y el empleo. No es razonable entregar espacios productivos como el de [las energías] renovables, satelital, tecnologías en recursos naturales y otros a las importaciones, eso es carecer de visión estratégica e hipotecar el futuro contrayendo deuda para soportar desequilibrios que terminan volviéndose crónicos”.

– ¿Cuál debería ser el lugar de la inversión extranjera en el país?

-“Mi opinión es que la inversión extranjera directa puede ser un aporte para una estrategia de desarrollo del país, pero atraer inversiones no constituye en sí una estrategia de desarrollo. El desafío es sumar a los inversores transnacionales a la estrategia de desarrollo del país antes que sumar al país a la estrategia de desarrollo de los inversores transnacionales, puede sonar parecido, pero las experiencias internacionales exitosas muestran que los resultados de una atracción focalizada y atada a objetivos de desarrollo son claramente superiores”.

– ¿Cuál es el escenario económico al que nos tenemos que preparar?

-“Se consolida el escenario de estancamiento, porque la reducida inversión y la baja demanda, tanto interna como externa, se combinan con un gobierno que no acierta en la política económica. ¡No veo un boom de inversiones! No es el escenario propicio y el gobierno no aprovecha los espacios que podría desarrollar. El salario industrial argentino es de los más altos de la región, no obstante, el mercado interno está planchado, en este marco no parece viable esperar grandes inversiones industriales. La inversión petrolera y minera no presenta buenas perspectivas. El campo sí está teniendo cierto crecimiento, pero su efecto sobre el resto de las actividades económicas y los grandes agregados es muy acotado. En definitiva, es difícil esperar resultados diferentes de persistir esta política económica y este contexto internacional”.

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Por Aldo Ferrer*

La historia de las frustraciones argentinas revela, en gran medida, la incapacidad de resolver los conflictos de intereses entre el campo y la industria en un contexto mutuamente beneficioso para ambos y para la economía y la sociedad.

El conflicto campo-industria va más allá de los precios relativos y la distribución intersectorial del ingreso. Abarca visiones conflictivas sobre la organización de la economía nacional y su inserción en la división internacional del trabajo. Por una parte, la que afirma que la economía argentina puede sostenerse sobre la producción primaria y que la industria es una anomalía en un país como el nuestro. Por la otra, que el campo es el agente del atraso y la dependencia, y que debe privilegiarse el desarrollo industrial. Las prolongadas turbulencias políticas de Argentina tienen raíces profundas también en el desencuentro histórico entre los dos sectores fundamentales de la economía nacional.

A fines del siglo XIX, cuando la producción agropecuaria argentina se integró al mercado mundial, todavía era posible sostener el crecimiento de la economía nacional sobre un solo sector. Pero esta alternativa dejó de ser posible. El aumento de la población total y la disminución de la participación de la rural por el impacto del progreso técnico sobre el empleo en el campo configuraron una realidad y una dimensión de país insostenible ya en un solo sector. Los más de 40 millones de habitantes de la Argentina actual, de los cuales cerca del 90% corresponde a los centros urbanos, requieren una economía agroindustrial integrada. La producción agropecuaria más la cadena de transformación agroalimentaria generan actualmente alrededor de una cuarta parte del empleo formal total. Sin el crecimiento del conjunto de la industria no pueden erradicarse el desempleo estructural, la exclusión social, la pobreza y la inseguridad.

El campo

La producción agropecuaria está registrando el impacto de una nueva fase de valorización de los recursos naturales por la expansión del mercado mundial. El rápido desarrollo de China y otros países de la Cuenca del Pacífico aumentó la demanda de alimentos y materias primas. Al mismo tiempo, entendimientos en la Organización Mundial del Comercio, referidos a la eliminación de los subsidios a las exportaciones primarias de la Unión Europea y Estados Unidos, podrían abrir en el futuro nuevos espacios en otros mercados. El escenario externo es así propicio al aumento de las exportaciones argentinas de productos agropecuarios y a las manufacturas de ese origen.

La producción total de cereales y oleaginosas subió en los últimos veinte años de algo más de 40 a 115 millones de toneladas, período durante el cual la soja pasó de representar el 30% de la superficie sembrada en el país al 50% de ella, a partir de la tecnología de la siembra directa. Como consecuencia del aumento de la producción, los excedentes exportables dirigidos al mercado global aumentaron.

Los paquetes tecnológicos y las nuevas prácticas agronómicas han transformado la organización de la producción y la empresa agrarias, y las relaciones entre la propiedad de la tierra y su explotación. La tradicional autonomía de decisión del productor ha sido desplazada a un complejo entramado de proveedores de insumos, financiamiento y terceros que asumen funciones esenciales en el proceso productivo. En el nuevo contexto, han surgido nuevas camadas de emprendedores que constituyen uno de los núcleos más dinámicos del empresariado argentino y que operan con los conocimientos de frontera asociados a los paquetes tecnológicos y la informática. De este modo, se ha enriquecido y diversificado la membresía de las instituciones representativas del campo y han surgido otras nuevas, como la de los empresarios dedicados a la siembra directa. Las filiales de empresas transnacionales, que son las principales proveedoras de los componentes de los paquetes tecnológicos, han ganado influencia en los asuntos del sector.

Los precios de los productos que mayormente exporta Argentina (y de todos los países periféricos en general) en el período 2003-2014 crecieron notablemente: un 145% en las manufacturas de origen agropecuario (MOA) y un 105% en el rubro de exportación de productos primarios. En el último tiempo se debilitó la demanda de este tipo de productos y sus precios, pero sobre un piso más alto determinado por la industrialización y expansión del empleo y los niveles de vida en los países emergentes de Asia. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que la demanda de alimentos casi se duplicará hacia mediados de este siglo. Con las variaciones que son tradicionales en los mercados de productos agropecuarios, cabe esperar un contexto externo de largo plazo favorable para el campo argentino, particularmente en los bienes de alto contenido tecnológico y de valor agregado.

En el nuevo escenario quedan pendientes problemas del pasado. La fractura en las cadenas de agregación de valor es un problema histórico particularmente observable en el sector agropecuario. Durante la etapa del crecimiento hacia afuera (desde los años de 1860 hasta la crisis de 1930), la producción primaria era principalmente realizada por productores locales, pero el resto de la cadena (transportes que incluían ferrocarriles, frigoríficos y almacenamiento, comercialización internacional y financiamiento) correspondía a operadores extranjeros. De este modo, buena parte del ingreso generado por la cadena de agregación de valor del sector quedaba fuera del circuito argentino de acumulación de capital y tecnología.

En la actualidad, los sectores más dinámicos del sistema, vale decir, la provisión de insumos y componentes de los paquetes tecnológicos, equipamiento y distribución, están concentrados en un número reducido de empresas con fuerte presencia de filiales transnacionales. Esas firmas registran “dinámicas de acumulación económica y técnica que escapan a la lógica local y se insertan en otras de corte global”, al tiempo que “el grueso de los desarrollos dinámicos corresponde a un número muy acotado de productos de bajo valor agregado, insertos en tramas productivas donde la mayor parte de la industrialización se realiza de fronteras para afuera”.

La estructura actual del sector, dominada por multinacionales y otros actores privados extranjeros que condensan la mayor parte del desarrollo científico-tecnológico del proceso productivo, reduce la capacidad endógena de organizar recursos, que es un componente esencial del desarrollo, y del sistema científico nacional de incorporar los avances asociados a la biotecnología y la informática en su propio acervo de asimilación e innovación. Los institutos públicos de investigación, como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), y algunas pocas empresas privadas limitan entonces su actividad a la aplicación de acervos técnicos ya acumulados (control de las variedades, capacidades de análisis, testeo de calidades, etcétera), fuertemente asociados a las características locales de suelos y cultivos. Existe, entonces, un desarrollo importante pero insuficiente para formar una economía del campo integrada y competitiva, con capacidad de impulsar a todo el complejo productivo del país.

La industria

En un escenario mundial de crecimiento y transformación de la industria y, particularmente, de expansión en China y en los países emergentes de Asia, en nuestro país la política neoliberal provocó el deterioro de la industria y una fuerte caída de su participación en el producto bruto interno, de cerca del 30% a mediados de la década de 1970 a alrededor del 15% a fines de la última década del siglo XX y principios del actual. En esos años, el valor agregado industrial por habitante fue un 40% inferior al registrado a principios de la década de 1970. Al mismo tiempo, la actividad manufacturera registró una transformación profunda en sus sectores y empresas.

Los cambios al interior del sector fueron extraordinarios. Alrededor de 400 firmas, concentradas en la extracción y procesamiento de recursos naturales, en la producción de insumos básicos (como acero y aluminio) y, en parte, en el complejo de la industria automotriz realizaron reestructuraciones ofensivas para responder al nuevo contexto externo y a los cambios en el mercado mundial, y alcanzaron las mejores prácticas existentes en la economía mundial. En estas actividades disminuyó la participación del valor agregado en el producto final como consecuencia de la apertura comercial y de la sustitución de insumos, tecnología y bienes de capital producidos internamente por importaciones. Otras firmas industriales, alrededor de 25.000, sin incluir a las microempresas, debieron adoptar comportamientos defensivos para acomodarse al nuevo escenario y sobrevivir (2).

Al mismo tiempo, la apertura del mercado interno, la sobrevaluación del tipo de cambio y el aumento de los costos financieros provocaron la quiebra y desaparición de decenas de miles de pequeñas y medianas empresas, que no resistieron el cambio drástico y hostil de las reglas de juego. Muchas de ellas, aunque contaban con las habilidades empresariales y técnicas para modernizarse y participar en un proceso de crecimiento en un contexto más abierto y competitivo, fueron arrasadas por el tsunami neoliberal. El costo social de este proceso registró su mayor magnitud en los grandes conglomerados urbanos, como el conurbano bonaerense, Córdoba y Rosario. El aumento del desempleo y del trabajo informal, y la desigualdad creciente en la distribución del ingreso contribuyeron al malestar social y al aumento de la inseguridad. El cierre drástico de los espacios de rentabilidad en sectores y empresas potencialmente prósperos contribuyó a la fuga al exterior de capitales y de mano de obra calificada.

Otros dos procesos simultáneos tuvieron lugar en la industria: la concentración de la producción y la participación dominante de filiales de empresas extranjeras. Una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) revela que, de las 500 firmas no financieras más grandes, más de 300 corresponden a filiales de empresas extranjeras, que representan más del 80% del valor agregado del universo encuestado. Esto implica un extraordinario grado de extranjerización del sistema productivo argentino, probablemente sin comparación entre países importantes dentro del orden mundial contemporáneo.

El cambio de rumbo de la política económica posterior a la crisis del 2001 permitió recuperar la ocupación plena de la capacidad productiva y de la mano de obra. La “estructura productiva desequilibrada”, según la expresión de Marcelo Diamand, volvió entonces a revelar su “pecado original”: la restricción externa. A partir del 2007 aumentó el déficit del comercio internacional de manufacturas de origen industrial (DMOI), concentrado en los sectores de autopartes, complejo electrónico, bienes de capital y productos químicos. Al mismo tiempo, el superávit energético se transformó en déficit. En tales condiciones, el crecimiento de la economía depende de la magnitud del superávit del comercio de productos primarios (SPP). El límite del déficit en el comercio de manufacturas de origen industrial y de energía (DMOI/E) es el propio SPP. En un sentido más amplio, ese es, también, el límite del nivel de actividad industrial posible, de la inversión y de la tasa de crecimiento. Esto mismo constituye un rasgo de la vulnerabilidad del sistema. El SPP depende, por una parte, de los cambios en los mercados internacionales de productos primarios y, por el lado de la oferta, de otros factores, como los climáticos, que afectan los saldos exportables.

Si el desequilibrio sistémico entre el DMOI/E y el SPP persiste, el sistema puede entrar en turbulencias severas que culminen con un ajuste masivo de las principales variables económicas y una severa contracción de la actividad. Se corre el riesgo de quedar atrapados en la disputa distributiva y el reparto del poder, dentro de una estructura productiva desequilibrada. Puede reaparecer, entonces, la visión neoliberal con su estrategia de aliviar la restricción externa por la vía del crédito internacional, con las consecuencias ya conocidas, o, aun dentro de una estrategia nacional y popular, de aceptar créditos de proveedores que sustituyen producción interna posible por importaciones.

Los problemas comunes

Entramos al siglo XXI con enseñanzas de la historia que son concluyentes sobre lo que no debe repetirse. La apertura indiscriminada, los tipos de cambio sobrevaluados y la pérdida de participación de las empresas nacionales provocan el deterioro de la competitividad de la producción local de insumos, bienes de capital y tecnología. Esto debilita los eslabonamientos intersectoriales, las cadenas de valor dentro del entramado productivo del país y, consecuentemente, la productividad y capacidad multiplicadora del sistema. Una consecuencia es la aparición de cadenas globales de valor bajo el comando de corporaciones transnacionales y la limitación de la participación argentina a los segmentos de menor contenido tecnológico e innovador, con el consecuente déficit en las transacciones internacionales. Es lo que sucede en las industrias automotriz y electrónica, en las cuales la producción local consiste mayoritariamente en el ensamblaje de insumos y componentes importados. En esos sectores radica la mayor parte del déficit del comercio en manufacturas de origen industrial, causa principal de la restricción externa. El sector automotor, por ejemplo, generó una sangría de más de 8.000 millones de dólares en 2013 y de 6.500 millones en 2014. Al mismo tiempo, la fuerte extranjerización de la economía aumenta las rentas y regalías transferidas al exterior, que disminuyen las fuentes de financiamiento de la ampliación de la capacidad productiva. Consecuentemente, se reducen las oportunidades de inversión del ahorro interno, lo que incentiva la fuga de capitales.

La industria enfrenta, en la especificidad de su escenario tecnológico, problemas similares a los del campo. Ambos sectores enfrentan así el desafío y la oportunidad simultánea de integrar las cadenas de valor, asociar la ciencia y la producción de tecnología y equipos a la economía real, y ampliar la participación de las empresas nacionales. Se trata, asimismo, de integrar a las filiales de empresas extranjeras al tejido productivo del país para ampliar las capacidades locales y proyectarlas a los mercados internacionales. En definitiva, el desafío consiste en profundizar los eslabonamientos productivos, de organización y tecnológicos del campo y la industria, y entre ambos sectores y el conjunto de la economía nacional.

Desde las perspectivas sectoriales suele afirmarse que el campo es la Nación o que la industria es la Nación. Ambas afirmaciones son ciertas pero insuficientes, porque en la realidad contemporánea los dos sectores integrados son la Nación. Más precisamente, son un sustento esencial de la Nación que está constituida, asimismo, por la totalidad de la población y de las actividades económicas y sociales que alberga.

*Economista, ex Ministro de Hacienda, intelectual de la UBA.

[LeMonde]