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27 de abril de 2017

La OEA agita la crisis en Venezuela

Por Nabih Yussef

El reciente anuncio de la retirada de Venezuela de la Organización de Estados Americanos, pone en debate los antecedes del sistema interamericano en la protección del sistema democrático regional. Con una historia cargada de intervenciones políticas y omisiones en la defensa de las instituciones democráticas, la OEA introduce nuevas tensiones en la ya complicada situación política y social venezolana.

La ambivalencia de la Organización de Estados Americanos es digna de una novela mexicana de amores, desencuentros y traiciones. En su carta constitutiva consagró la democracia como uno de sus principales ejes, y seis años más tarde orquestó en su seno una intervención militar a uno de sus países miembro. Su romance con Washington tuvo apogeo con las intervenciones militares a Guatemala (1954), República Dominicana (1965) y Granada (1983), y la expulsión de Cuba del sistema interamericano (1962). La OEA fue el instrumento que Estados Unidos eligió para disciplinar a los gobiernos del hemisferio sur, y repeler sus acercamientos (reales o ficticios) con el bloque soviético. El medio para hacerlo: la cooperación económica internacional para los aliados, y la intervención militar para los detractores.

Con la llegada del milenio y el reconocido “giro a la izquierda” de los países latinoamericanos, la OEA readaptó su agenda y en 2009 suspendió a Honduras del organismo, cuando detractores del presidente de izquierdas Manuel Zelaya, orquestaron un golpe de Estado en su contra acusándolo de filo-chavista. Al mismo tiempo, el organismo buscó reincorporar a la expulsada Cuba al nuevo esquema interamericano, pese a que su carta democrática contempló a la “democracia representativa” como único sistema político posible entre sus miembros.[1] El desamor y la traición al republicanismo estadounidense que siempre combatió a los hermanos Castro, fue posible por la articulación de consensos entre los nuevos gobiernos de la región y la concentración (y dispersión) de Washington en temas de seguridad en Medio Oriente. Pero en la medida en que los gobiernos progresistas perdieron dinamismo, la OEA perdió el afecto a las nuevas experiencias progresistas en la región y avaló las rupturas del orden democrático en los gobiernos de Paraguay (2012) y Brasil (2016).

El pragmatismo, la coyuntura y los desequilibrios de poder, han sido la variable de cambio por el cual la OEA ha intercambiado los principios democráticos de su sistema legal, por una política flexible que decide discrecionalmente la aptitud democrática de un gobierno (y no de otro) según el termómetro político de la Casa Blanca. Hoy esa tolerancia estratégica de Washington para con Caracas, ha acabado.

Canciller Delcy Rodríguez anuncia el retiro de Venezuela de la OEA

Venezuela dice adiós

El pasado miércoles, por mayoría simple, los países miembros de la OEA aprobaron la convocatoria a una reunión de cancilleres por la crisis venezolana. La moción quedó avalada con 19 votos a favor (entre los que se encuentran dos ex-aliados del Gobierno bolivariano: Chile y Uruguay),[2] 10 en contra,[3] 4 abstenciones[4] y una ausencia.[5] Ante este escenario dónde se presagiaba la suspensión de Venezuela, la Canciller venezolana Delcy Rodríguez decidió tomar la iniciativa y anunciar la retirada del país del organismo internacional. “Venezuela no participará de ninguna actividad donde se pretenda posicionar el intervencionismo y el injerencismo de este grupo de países” (sic). La renuncia a la OEA constituye un antecedente inédito en la organización, siendo el primer país en tomar una medida de ese rigor.

La salida formal de Venezuela del organismo, sólo cristaliza un dato fáctico de la realidad: Venezuela está aislada de la región. El organismo interamericano, lejos de acercar a gobierno y oposición venezolanos, ha contribuido a enviar un mensaje que puede ser leído como un apoyo de la comunidad internacional a la ola de protestas que se organizan contra el oficialismo. Esto lejos de acercar a las partes y contribuir a una solución pacífica de las controversias, termina contribuyendo al clima de violencia en Venezuela, añadiendo ahora un variable de tensión internacional.

La falta de tacto político y de creatividad de la OEA, sumada a sus antecedentes históricos, hacen que sus gestiones para apagar el incendio no hagan más que expandirlo a escala regional. Los gobiernos latinoamericanos deberán recurrir a otros mecanismos institucionales como CELAC o Unasur, para poder hacer un acercamiento a Caracas que reestablezca la paz social y la estabilidad regional. Existe también margen para reeditar experiencias latinoamericanas exitosas como el Grupo Contadora (1983) que contribuyó a la paz en Centroamérica, o la “Comisión de los Neutrales” (1935) que le valió el nobel a Saavedra Lamas. Pero es imprescindible para todo intento serio de estabilizar al país, que Caracas confié en los mediadores internacionales. Para ello la presencia de Estados Unidos en la estrategia creada por la OEA, es una dimensión que lejos de introducir soluciones, agigante las desconfianzas. El escenario se mantiene abierto.

[1] La Carta de la OEA toma como sistema político la democracia de tipo representativa. Así lo prevé en su art. 2 inc. b  “Promover  y  consolidar  la  democracia  representativa  dentro  del  respeto  al  principio  de  no intervención”.  Como también, en el art. 3, inc. d  Cuando especifica que los Estados “(…) requieren la  organización  política  de  los  mismos  sobre  la  base  del  ejercicio  efectivo  de  la  democracia representativa.” Disponible en Carta orgánica de la Organización de Estados Americanos, Bogotá, 1948.

[2] Votaron a favor: Guyana, Bahamas, Santa Lucía, Argentina, Barbados, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Honduras, Guatemala, Jamaica, México, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay.

[3] Votaron en contra: Venezuela, Antigua y Barbuda, Bolivia, República Dominicana, Ecuador, Haití, Nicaragua, Saint Kitt y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Surinam.

[4] Se abstuvieron Belice, El Salvador, República Dominicana y Trinidad y Tobago.

[5] Se ausentó Granada.

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