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30 de junio de 2017

La guerra hibrida: el teatro del poder globalista

Por Juan Facundo Besson*

La nueva sinarquía[1] globalista gerenciada por el unipolarismo estadounidense, está en un proceso de reconfiguración estratégica en función de su duro revés en Irak y Afganistán. En este marco de reformulación, las llamadas guerras de tercera y cuarta generación empezaron a perder entidad y como corolario comenzaron a aparecer nuevas modalidades de intervención donde se conjugan múltiples tácticas y actores. En este sentido, podemos encontrar que los orígenes de la llamada guerra híbrida son modestos, pero pronto fueron adquiriendo una resonancia inusitada en círculos de expertos civiles y militares.

Podemos tomar esta categoría polemológica[2] como un nuevo tipo de guerra que “viene a dar por superada la guerra asimétrica”.[3] La causa de esta reconfiguración estriba en la dificultad de la principal potencia militar mundial -los Estados Unidos– para derrotar a fuerzas insurgentes y warlords[4] en Estados fallidos -Afganistán e Irak-. A lo cual se sumó la de Israel para hacer lo propio con Hizbollah[5] en el conflicto del verano de 2006. Dicho con otras palabras, no se trata de un debate meramente académico, ni tampoco de una disquisición teórica separada de la realidad. Al revés, el origen de este nuevo debate reside en la necesidad de adaptación a escenarios que ya no responden a los estándares de las guerras clásicas o convencionales.

Los conflictos híbridos implican esfuerzos a diferentes niveles, con el objetivo de desestabilizar un estado funcional y provocar una polarización de su sociedad. A diferencia de lo que ocurre en la guerra convencional, el centro de gravedad de la guerra híbrida es un sector determinado de la población. El enemigo trata de influenciar a los estrategas políticos más destacados y a los principales responsables de la toma de decisiones combinando el uso de la presión con operaciones subversivas. El agresor a menudo recurre a actuaciones clandestinas para no asumir la responsabilidad o las posibles represalias.

De acuerdo a lo señalado por el analista internacional Andrew Korybko, la guerra híbrida supone en la práctica, la transición desde la revolución de color[6] a una guerra no convencional con el fin de buscar el cambio de régimen o el federalismo identitario en un Estado objetivo. Enfatiza que “(…) el gran objetivo detrás de cada guerra híbrida es interrumpir proyectos de conexión multipolar transnacionales a través de diversos conflictos de identidad provocados externamente (étnicos, religiosos, regionales, políticos, etc.) dentro del objetivo de un estado de tránsito”.[7] La guerra híbrida es vista como la última forma de agresión que está realizada por las fuerzas unipolares contra el orden mundial multipolar emergente, y el modo indirecto en que es practicado, protege al perpetrador de las repercusiones inmediatas y así incrementa el atractivo de esta estratagema.[8]

Siguiendo la obra de Andrew Korybko “Guerras Híbridas: Aproximación adaptativa indirecta al cambio de régimen” se puede señalar que las revoluciones de color se configuran cuando las organizaciones no gubernamentales (en adelante ONGs) y las agencias de inteligencia trabajan para cultivar grupos con fachada de sociedad civil en el interior de los estados objetivo.[9] Antes de que cualquier hostilidad comience, las ONGs y las agencias de inteligencia pasan su tiempo fomentando entre la población el sentido de diferencias profundamente arraigadas que por lo general se centran en alguna forma de identidad, ya sea real, imaginada o exagerada, con el fin de fabricar un resentimiento antigubernamental más intenso.

Las revoluciones de color pueden ser generalmente concebidas como “protestas populares presuntamente legítimas” externamente organizadas o desencadenadas desde el extranjero y promovidas por los principales medios de comunicación y redes sociales que apuntan a derrocar al gobierno a través de medios supuestamente “pacíficos”. En realidad, las revoluciones de color tienen una tendencia alarmante de evolucionar hacia el terrorismo urbano y los disturbios, pero la percepción occidental de estos movimientos es que son “pacíficos” y que cualquier violencia por su parte es debida a las “provocaciones” del gobierno local. De nuevo, la realidad de la situación refuta esta caracterización, dado que la violencia de la revolución de color es desencadenada por los mismos “manifestantes”, tanto a través de una muchedumbre que se ha formado como resultado de la psicología de masas siendo transformada en el arma que esperaban los organizadores, o a través de unos pocos provocadores en su lado. Esto no significa que todo el mundo que levanta una pancarta y marcha a través de una plaza de la ciudad sea un “agente extranjero”.[10]

Las revoluciones de color por tanto, funcionan mejor cuando hay algún grado de insatisfacción genuina hacia un Estado o gobierno objetivo o parte de su agenda, y esto ayuda a atraer “naturalmente” más gente al incipiente movimiento de cambio de régimen al reducir el “coste de entrada” para ganar acceso a la confianza de sus conciudadanos. Si la gente ya está cuestionándose a su gobierno, tanto por sí mismos como debido al precondicionamiento informativo desde elementos anti-gubernamentales -sean extranjeros o nacionales-, entonces ya son mucho más receptivos al tipo de retórica lanzada por los organizadores de la revolución de color y sus patrocinadores.[11]

Lo que empieza como una “protesta popular” aparente, podría de este modo evolucionar hacia una guerra civil o internacional dependiendo de las circunstancias, escenarios, y motivaciones involucradas. Mientras que la guerra total es una consecuencia muy común de las revoluciones de color fallidas en sociedades no-occidentales, las occidentales se enfrentan a riesgos similares, no obstante, de una intensidad menor y principalmente organizadas a lo largo de líneas de conflicto social-racial. Según Korybko cuando un intento de revolución de color fracasa, como desgraciadamente para EEUU ocurrió en Siria en 2011, el plan de sustitución es implementar una guerra no convencional aplicada directamente sobre la infraestructura social y los métodos organizativos anteriores.

Es importante apuntar, sin embargo, que también hay revoluciones de colores inversas tales como los movimientos anti-OTAN en Serbia y Montenegro,[12] y las manifestaciones patrióticas en la República de Macedonia que venció los dos intentos consecutivos de revolución de color por EEUU Estos ejemplos prueban que la tecnología de la revolución de color ahora ha proliferado desde el terreno de los “actores no-estatales” occidentales, a los no-occidentales que están genuinamente fuera del control de cualquier Estado extranjero.

 El papel de las ONGs en la revolución de color

Casi todas las ONGs vinculadas al extranjero, aparte de aquellas dedicadas puramente al trabajo humanitario con la supervisión y permiso explícitos del Estado anfitrión, se dedican a precondicionar a la población objetivo para que acepten las narrativas construidas. Aquellas sobre todo enfocadas sobre temas históricos, sociales y/o políticos, que apuntan a modelar la mentalidad de la audiencia y contribuir a la formación de identidades absolutamente nuevas o a reformar las existentes.

Las ONGs trabajan junto a los portales mediáticos -nuevos y tradicionales- en la difusión de estas ideas y la multiplicación del efecto que tienen en la alteración de las conciencias de sus audiencias, así como en promocionar la organización y los objetivos predeterminados de sus mecenas para fomentar la separación identitaria convertida en arma. “Hechos” falsos, desacreditados y cuestionables, circulan habitualmente en el triángulo información-medios-academias de las comunidades y agentes favorables para extender las nuevas mitologías, que de manera resultante, causan una ingeniería social en las mentalidades de los perfiles demográficos objetivo, a través de la ilusión elaborada de que “voces acreditadas” están apoyando tales nuevas mitologías.[13]

En China son conocedores de las herramientas utilizadas por la potencia hegemónica para establecer redes de influencia y desestabilización en el mundo, especialmente allí donde estén en juego intereses estratégicos y geopolíticos, el último borrador de la nueva ley para las ONG extranjeras prevé la supervisión policial y controles más estrictos sobre sus vías de financiación.[14]

Una vez que la infraestructura social e informativa han realizado el acondicionamiento previo, llega la etapa en la que los patrocinadores externos tienen confianza en su potencial para alterar la situación política en el Estado objetivo, poniéndose en escena una provocación con el fin de crear un disparador ‘verosímil’ para situar en vanguardia públicamente al movimiento antigubernamental e iniciar abiertamente el esquema de desestabilización.

Si la revolución de color, o presión “suave”, no llega a cosechar los dividendos deseados, entonces este movimiento se transforma en una guerra no convencional, o presión “dura”, a través de una serie de etapas escaladas. Cuando esto sucede, algunos de los revolucionarios de color se transforman en terroristas insurgentes, apoyados entonces por los Estados vecinos pro-estadounidenses. Con una ayuda que se canaliza mediante combatientes adicionales, armas y ayuda material a sus representantes.

El pasaje a la guerra no-convencional

La guerra no-convencional es la segunda y más lógica etapa de una revolución de color que se convierte en su intensificación “lógica” por el fracaso de una “pacífica revolución popular” para derrocar a un gobierno. Puede ser fácilmente resumida como la violencia cometida por alguien fuera de un uniforme militar y por fines políticos. En la relevancia práctica sobre el tema que estamos abordando, la guerra no-convencional empieza estallar en el momento que un “manifestante” lanza una roca o un cóctel molotov, y se vuelve más extrema cuando hay individuos que recurren a la guerra de guerrillas o al terrorismo.

Frente a la derrota en las calles, los organizadores extranjeros puede que no quieran abandonar su objetivo, de ahí el motivo por el que fomenten que sus cohortes[15] tomen parte en la violencia y la guerra no-convencional para intensificar la crisis política y llevarla a un nivel cualitativamente nuevo de emergencia en la seguridad nacional.  Este caso sigue tras una revolución de color fracasada que occidente puede vender como que ha sido derrotada solamente debido a “los asesinatos autoritarios tiránicos” de un “dictador”, entonces toma un significado totalmente diferente y se convierte en una “causa” para que el público (occidental) “global” se reúna para dar apoyo.

Cuando la Revolución de Color experimenta la transición gradual hacia una guerra híbrida mediante la evolución hacia una Guerra No-Convencional, hay mucho del anterior arreglo estructural tras la escena que simplemente sigue igual pero con un nombre diferente. Muchas de las redes de ONGs y su personal, evolucionan hacia insurgentes armados o proporcionan a los combatientes apoyo informativo, organizativo, logístico, y/o material.

Si el gobierno no se altera, cambia, o reinicia tras experimentar la coerción “pacífica” de la Revolución de Color con la que los intereses extranjeros y sus ONGs -cual soldados de a pie- intentan forzarlo “democráticamente”, entonces el gobierno o gobiernos tras la farsa, pueden tomar la decisión de iniciar una guerra híbrida mediante la transición desde una Revolución de Color hacia una Guerra No-Convencional. No siempre se garantiza que este sea el caso, dado que algunas veces, ciertos disturbios de Revolución de Color no están plenamente respaldados por sus patrocinadores extranjeros y redes de ONGs, y en cambio son exámenes de prueba para evaluar las vulnerabilidades estructurales, así como las respuestas, y otro tipo de inteligencia valiosa que podría ser muy útil en un futuro escenario de alteración de régimen, cambio de régimen, o reinicio de régimen que esté apoyado con más determinación para esos propósitos. Después de todo, si el Estado es lo bastante fuerte como para defenderse contra este ataque asimétrico usando las medidas de seguridad democrática o la futura insurgencia carece de la viabilidad a largo plazo para sostener una campaña exitosa de guerra híbrida de alteración de régimen, cambio de régimen, o reinicio de régimen, entonces puede que los patrocinadores extranjeros retiren su apoyo para la agitación y esperen hasta que otra oportunidad futura pudiera ser maquinada en un momento más decisivo.

La guerra hibrida: ¿estamos ante una nueva generación?

A modo de conclusión me parece pertinente destacar que algunos analistas encuadran a la guerra hibrida dentro de las denominadas guerras de sexta generación. En función de que abarcan todos los aspectos posibles de desestabilización del país contra el que se acciona, esto incluye su economía, su moneda, sus redes de abastecimiento, sus redes de distribución y comercio, su producción, su cultura popular, sus valores éticos y morales, sus formas de gobierno, sus instituciones del Estado, sus líderes políticos, su integridad territorial, sus partidos políticos, sus organizaciones populares y movimientos sociales. Esta nueva modalidad ataca con un plan muy bien estructurado desde los thinks tanks[16] de las fuerzas aliadas de los EEUU a todos los factores antes mencionados siendo su principal ámbito de acción el control de la información y comunicación tanto nacional como internacional, causando así un efecto devastador en la manipulación de las matrices de opinión contra el Estado objetivo. La guerra de sexta generación según Roso Grimau, persigue la destrucción del orden jurídico internacional, la creación de enemigos necesarios, la destrucción de los Estados-nación, y se hace uso de la guerra económica total y de la ciberguerra, entrenando, creando, financiando y utilizando “ejércitos difusos”, y hasta se llega a la creación de “Estados difusos” como el Estado Islámico.[17]

*Abogado, integrante del Centro de Estudios e Investigaciones Sociales, Políticas y Jurídicas “Renato Treves”, colaborador del CEIEP.

[1] Entendida la segunda acepción del Diccionario de la RAE, como: “2. Influencia, generalmente decisiva, de un grupo de empresas comerciales o de personas poderosas en los asuntos políticos y económicos de un país.”

[2] Polemología (del griego [polemos] “guerra”, “conflicto”- y [logos]-“estudio”): es un neologismo acuñado por el sociólogo francés Gastón Bouthoul. Se define como el estudio objetivo y científico de las guerras como fenómeno social susceptible de observación, encaminado a prevenir y resolver los conflictos internacionales que las pueden desencadenar. Se pueden citar otros autores que abordaron el significado bélico desde una perspectiva polemológica como: Carl Von Clausewitz, Colmar von der Goltz, Carl Schmitt, Julen Freund, Liddell Hart y Juan Domingo Perón entre otros.

[3] Esteban Villarejo, “La nueva guerra híbrida”, en ABC, 29 de octubre de 2014. Cita como fuente un informe del IEEE y varios autores.

[4] Jefes de guerra: Termino que sirve para hacer referencia a una persona con poder que tiene de facto el control militar y el poder político de un área subnacional, gracias a un grupo de fuerzas armadas leales al señor de la guerra y no a la autoridad central. También puede referirse a alguien que sigue el ideal de que la guerra es necesaria, llegando a convertirla en la forma de vida de su gente, y que tiene los medios y la autoridad para declarar una. También pueden ser llamado caudillo militar o adalid.

[5] Organización islámica musulmana chií libanesa que cuenta con un brazo político y otro paramilitar. Fue fundado en el Líbano en 1982 como respuesta a la intervención israelí de ese momento.

[6] El nombre “revolución de color” está relacionado con el uso simbólico de colores o nombres de flores que suelen adoptar los manifestantes como elementos de identificación (la Revolución de las Rosas en Georgia, la Revolución Naranja en Ucrania, la Revolución de los Tulipanes en Kirguistán, etc.). La invención de la categoría se lo debemos a Gene Sharp, filósofo, político, profesor y escritor estadounidense, autor de los libros “La política de la acción no violenta” y “De la dictadura a la democracia”.

[7] Andrew Korybko, “guerras híbridas y seguridad democrática”

[8]   Andrew Korybko, “las ONGs y la mecánica de la guerra híbrida” consultado el 21 de mayo de 2017 en

[9] Es el Estado Nacional recipiendario de la injerencia extranjera indirecta –por medio de ONGs, medios masivos de comunicación y redes sociales, grupos de activistas, personajes influyentes, etc- , a través de la cual se busca cambiar el  líder por otro más obediente a los intereses del Estado extranjero.

[10] Ketehon, Entrevista al referente a las guerras híbridas con andrew korybko

[11] Ibidem.

[12] Para mayor información véase “Marcha serbia contra la OTAN” y “Primer ministro serbio asegura que su país no ingresará en la OTAN”.

[13] Andrew Korybko, “Revoluciones de color y cultura: patriotismo vs. nacionalismo”

[14] Katehon, “guerra no convencional: china incrementará el control sobre las ongs extranjeras”

[15] Categoría tomada de la cohorte romana que era una unidad táctica de infantería del antiguo ejército romano.

[16] Es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora, cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura. Pueden estar vinculados o no a partidos políticos, grupos de presión o lobbies, pero se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica marcada de forma más o menos evidente ante la opinión pública. De ellos resultan consejos o directrices que posteriormente los partidos políticos u otras organizaciones pueden o no utilizar para su actuación en sus propios ámbitos.

[17] Grimau, Roso, “Conoce sobre las guerras de sexta generación”

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