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20 de septiembre de 2016

La era anti-élites

Por Manuel Muñiz*

La victoria del leave en el referéndum británico es la más reciente manifestación de un movimiento anti-élites que se extiende por Occidente y se opone a sus valores e instituciones básicas. En el fondo de esta agitación iliberal está el malestar por un contrato social roto.

El 23 de junio, la ciudadanía británica votó a favor de abandonar la Unión Europea. Contra todo pronóstico -y sobre todo contra toda razón- uno de los pueblos más moderados y pragmáticos de Europa decidió ese día ignorar las abrumadoras pruebas de que esa decisión tendría consecuencias negativas para su país.

La práctica totalidad de las élites intelectuales, económicas y políticas de Reino Unido se oponían al Brexit. Varios premios Nobel escribieron cartas detallando el coste que supondría dejar la UE; hubo una declaración pública de 250 profesores universitarios en ese mismo sentido; y la mayoría de empresas británicas se manifestaron explícitamente en contra del Leave. Se le suma a todo ello una avalancha de informes redactados por expertos que indicaban el elevado coste económico que supondría abandonar el mercado único más grande del planeta. En términos políticos, la campaña del Remain contaba con el apoyo formal de los cuatro mayores partidos del país, el del gobierno nacional tory y el de una pléyade de líderes internacionales, incluido el presidente de Estados Unidos. No obstante, y como declaró hace poco el conservador Michael Gove, partidario de la salida de la UE: “Los ciudadanos de este país están hartos de expertos”. Tenía razón, desde luego. Y parece irrelevante el hecho de que el propio Gove, político educado en la Universidad de Oxford, encabezase hasta hace poco el ministerio de Educación británico, institución dedicada precisamente a formar expertos.

Los británicos no están solos en el rechazo a las élites. En los últimos meses han aparecido indicios de que otras muchas sociedades occidentales están siguiendo un camino similar. El esperable nombramiento de Donald Trump como candidato republicano a la presidencia de EEUU constituye quizá el caso más significativo. Pocos habían previsto el éxito de Trump, que además supone un duro golpe para la cúpula del Partido Republicano, opuesta en masa al candidato. La candidatura demócrata de Bernie Sanders, que estuvo cerca de triunfar y, en particular, los resultados de este en los caucuses (elecciones primarias sobre las que las élites del partido ejercen menor influencia) apuntan en la misma dirección. Por su parte, en España se han celebrado unas históricas elecciones generales el 26 de junio en las que más del 20% del voto ha ido a parar a Unidos Podemos, coalición de izquierda compuesta por antiguos comunistas y un nuevo partido contrario al establishment. En el caso de Austria, fue la extrema derecha la que casi gana la presidencia en las elecciones del 24 de abril. En Italia, un partido fundado hace apenas 7 años por un humorista para protestar contra la clase política, el Movimiento 5 Estrellas (M5S, en italiano) consiguió en junio la alcaldía de Roma.

Reconfiguración del eje izquierda-derecha

La oposición a las élites no es algo negativo per se. No obstante, se da la circunstancia de que las élites a las que se oponen estos movimientos son justamente las que apoyan los valores e instituciones fundamentales del orden liberal y cosmopolita de Occidente. Así pues, esta convulsión supondrá la reconfiguración del clásico eje izquierda-derecha, cuyos polos bascularán hacia la oposición entre cosmopolitanismo liberal y populismo antiliberal. Si este populismo “iliberal” se consolida, proliferarán las políticas anticomerciales, antiinmigratorias y anticapitalistas. La Unión Europea será una víctima especialmente fácil de este nuevo espíritu, en gran parte por ser un proyecto dirigido por élites. Son mayormente estas élites las que entienden de verdad las ventajas de ser miembro de la UE. Si se muestran incapaces de ganarse el apoyo de la ciudadanía europea, el proyecto de la Unión corre grave peligro. Los ciudadanos presionarán a los políticos para que se desentiendan del proceso integrador europeo o para que convoquen referendos sobre la pertenencia a la UE, y los resultados de elecciones y plebiscitos serán muy difíciles de prever. Este nuevo orden estaría caracterizado por la incertidumbre. Marine Le Pen, líder del Frente Nacional francés, ha hecho ya un llamamiento para que se consulte a los franceses si quieren formar parte de la UE. Y en Italia, la última encuesta Ipsos MORI muestra que el 60% de los italianos quiere también una consulta y que el 48% votaría por dejar la Unión Europea.

El libre comercio y la globalización en general serán también víctimas de la incipiente era iliberal. El comercio es una cuestión técnica que requiere de expertos que negocien acuerdos que no entendemos quienes no nos dedicamos a esos asuntos. De nuevo, si no confiamos en las élites, será inevitable que calen los mensajes simplistas y crezcan las suspicacias sobre el libre comercio. Cada vez parece menos probable que se firmen y ratifiquen la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés) y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, en inglés).

Oxfam estima que las 62 personas más ricas del mundo poseen más riqueza que el 50% de población más pobre del planeta

En última instancia, emergerán movimientos anticapitalistas y, quizá, antidemocráticos.Sabemos, por ejemplo, que muchos de los partidos de extrema izquierda europeos han cuestionado el sistema capitalista y que los partidos de extrema derecha traen consigo propuestas fuertemente antidemocráticas. Se cuestionarán también la inmigración y el multiculturalismo en general, como ya ocurre en Europa y en EEUU. Las minorías son también víctimas habituales de los movimientos populistas, porque se las ve como fuente de problemas relacionados –a menudo con demagogia– con el empleo o la seguridad. Desgraciadamente, la medida del enrarecimiento iliberal del ambiente la darán los niveles de xenofobia y antisemitismo. Y, no lo olvidemos: las minorías son las primeras víctimas de la radicalización, pero nunca son las últimas.

Prosperidad que no se distribuye

¿Por qué está ocurriendo esto? Y ¿por qué ahora? Algunos argumentan que se debe a la globalización y el libre comercio. Es cierto que la globalización ha favorecido a las clases medias de los países en proceso de industrialización, como China, y que, desde 1990, ese proceso ha permitido a más de 1.000 millones de personas salir de la pobreza. También es cierto que gracias a la globalización se ha producido una ingente riqueza material en el mundo desarrollado. España, por ejemplo, está cerca de alcanzar los niveles de PIB anteriores a la crisis de 2008. Reino Unido lo logró en 2014 y EEUU bastante antes. El problema fundamental subyace no en la globalización y sus efectos en cada país, sino en la distribución de la riqueza a nivel nacional. El 75 % de quienes votan en las primarias republicanas estadounidenses expresan una grave inquietud al respecto de su futuro económico, pero siguen viviendo en un país que nunca fue tan próspero como lo es hoy. El verdadero problema, por tanto, es el fracaso en la distribución de la prosperidad.

En nuestras sociedades, uno de los vectores de desigualdad más poderosos que existen -y que no dejará de cobrar importancia en los próximos años- es el rápido desarrollo tecnológico. Este desarrollo y su impacto en los mercados de trabajo son lo que los anglosajones llamarían “el león en la maleza”, la gran amenaza oculta. Los trabajadores de clase media compiten hoy no solo con la mano de obra barata de los países en vías de desarrollo, sino con máquinas y algoritmos cada vez mejores y más baratos. Este proceso estructural, en efecto, es causa de prosperidad material, pero está socavando a las clases medias al incrementar la precariedad laboral. Sabemos que desde la década de 1970 hasta hoy, la productividad y las rentas el trabajo han dejado de ir de la mano, lo que significa que la herramienta más importante para la redistribución (las rentas del empleo) ya no funciona. La concentración de riqueza en EEUU ha alcanzado niveles desconocidos desde la década de 1920. Oxfam estima que las 62 personas más ricas del mundo poseen más riqueza que el 50% de población más pobre del planeta.

La agitación iliberal es el resultado de nuestra incapacidad para gobernar la prosperidad derivada del progreso científico y técnico.

Tal concentración de riqueza está beneficiando, ante todo, a los nuevos hombres de negocios. En 2015, y por primera vez en la historia, más de la mitad de los nombres de la lista Forbes eran multimillonarios hechos a sí mismos. Estos nuevos gigantes de la empresa están poniendo patas arriba sectores enteros de le economía mediante la innovación, y en muchos casos saben sacar el máximo partido posible a la revolución algorítmica, que permite a las máquinas remplazar no solo la fuerza física del ser humano, sino, cada vez más, su capacidad intelectual para organizar y procesar información. En efecto, la mayoría de las empresas verdaderamente exitosas de las últimas tres décadas tenían muchos menos empleados que los competidores sobre los que triunfaron. Como es natural, la gente ha perdido la fe en un sistema que produce riqueza agregada pero no la distribuye.

Si las predicciones sobre el futuro del empleo no se equivocan demasiado, dentro de 20 años entre un 40% y un 60% de los empleos actuales serán desempeñados por máquinas. La automatización afectaría a sectores como el transporte, los servicios jurídicos, la contabilidad y la administración, entre otros. Se trata de un cambio sin precedentes, especialmente en lo que se refiere al impacto que tendrá entre directivos y trabajadores muy cualificados. Los trabajadores de clase media en Europa y EEUU ya han empezado a notar la presión, algunos por la pérdida de su empleo y muchos otros por un endurecimiento de las condiciones de trabajo. La competición con máquinas cada vez mejores y más baratas se manifiesta de varias maneras, entre ellas que el empleado se vea obligado a trabajar más horas a cambio de un sueldo menor, a tener varios empleos o a cambiar más frecuentemente de puesto de trabajo.

Esta precariedad laboral es ejemplo de la carrera hacia el abismo en la búsqueda ilusoria de una ventaja competitiva frente a las máquinas y, además, explica en última instancia la agitación política de que estamos siendo testigos. Vista a través de esta lente, los “trabajadores pobres” ejemplifican a la perfección la naturaleza inasequible de la actual tendencia del mercado de trabajo. En definitiva, el orden iliberal que está emergiendo no es sino el resultado de nuestros propios éxitos y de nuestra incapacidad para gobernar la prosperidad producida por el progreso científico y técnico.

Un nuevo contrato social

Ahora tenemos a los bárbaros a las puertas. Los populistas han llegado para romper el sistema y, en el proceso, destruir gran parte de la riqueza generada en las últimas décadas. Esperemos que en esta convulsión eso sea lo único que perdamos: riqueza. Algunos han comparado la actual agitación política con la que siguió a la primera Revolución Industrial. En ese tiempo, Europa se hundió en el conflicto y de las ruinas de varios imperios emergió un nuevo contrato social fundamentado en el Estado del bienestar y la presatación de servicios públicos. A un ciudadano europeo de principios del siglo XX le habría parecido imposible que el Estado ofreciese educación y atención sanitaria gratuita para todos los ciudadanos, pero eso es precisamente lo que los gobiernos de todo el continente hicieron unas décadas después. Hoy día nos resulta difícil encontrar una solución al dilema de una prosperidad siempre creciente sostenida por cada vez menos empresarios que innoven y sean altamente productivos.

Sin embargo, de esta nueva convulsión deberá emerger un nuevo equilibrio. La duración y severidad de la convulsión dependerá de la capacidad de las élites intelectuales, empresariales y, en última instancia, políticas para diagnosticar el problema y encontrar una solución viable.

¿Cómo construir un sistema económico inclusivo en que el emprendimiento, la innovación y la empresa sigan impulsando el crecimiento sin producir niveles de desigualdad que provoquen inestabilidad política? ¿Cuál deberá ser el papel de los gobiernos y multinacionales en un entorno de mayor productividad y menos empleo? Para contestar a estas preguntas será necesario reinventar el Estado, tanto en su forma de ingresar dinero como de gastarlo. Será necesario hacer más esfuerzos en la recaudación de impuestos al capital y coordinarse mejor internacionalmente en cuestiones fiscales. No sería impensable que los Estados europeos diseñasen políticas industriales encaminadas al fomento de la innovación y que gestionaran inversiones estatales en proyectos innovadores. Sean cuales sean las medidas que se apliquen, resulta evidente que el Estado deberá innovar si quiere mantener su capacidad de recaudación y de dispensar servicios públicos. Al respecto del gasto, algunos han propuesto que los gobiernos apliquen un modelo de renta básica, en el que todos los ciudadanos reciban un dinero público. Esta propuesta exigiría una redefinición exigente de lo que significa la dignidad humana y pondría punto final a la asociación entre la dignidad y el “ganarse la vida”. Otra solución sería la puesta en marcha de grandes programas de empleo público. Estos, entre otras cosas, permitirían a los gobiernos dirigir recursos hacia sectores que por el momento no serán objeto de la automatización, como la atención social. Lo cierto es que en los próximos años veremos muchos experimentos y la aplicación de distintas iniciativas en diferentes lugares.

El Estado deberá innovar si quiere mantener su capacidad de recaudación y de dispensar servicios públicos.

Más allá del sector público, será necesaria la transformación del sector privado. Las empresas de todo el mundo deberán entender el concepto de la sostenibilidad de sus negocios de manera expansiva y darse cuenta de que niveles altos de desigualdad ponen en peligro el orden liberal del que depende su futuro. Un sector privado más comprometido con la filantropía y las cuestiones sociales hará menos necesaria la intervención pública. El sector privado deberá ,por tanto, superar su propia prueba: el problema de acción colectiva planteado por el hecho de que la empresa ha de maximizar beneficios individualmente, pero está obligada a construir un entorno político sostenible. Si fracasan totalmente en este empeño, es de esperar que los gobiernos den un paso adelante y no siempre con ánimo amistoso.

Lo que resulta evidente es que la era anti-élites ya ha comenzado y que, a menos que se aborden las causas estructurales de la actual agitación política, estamos abocados a un incremento de las tensiones y los conflictos políticos. El gran desafío de las próximas décadas será abordar esas causas y alcanzar un nuevo contrato social.

[Estudios de Política Exterior]

*Dirige el programa de Relaciones Trasatlánticas del Weatherhead Center for International Affairs de la Universidad Harvard.

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