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18 de noviembre de 2018

La caravana migrante en la opinión de los analistas

Por Nabih Yussef

Varios hombres se reúnen alrededor de un tanque de agua para sumergir sus prendas y refregarlas entre sus nudillos. Los atavíos traen consigo un sudor y tierra que cuenta el periplo que transitan más de 4.000 hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, que cruzaron a pie desde sus países hasta la Ciudad de México, para proseguir hasta la frontera con los Estados Unidos. A esos más de 1.500 kilómetros caminados, les quedan otros 1.200 que recorrerán hasta los puntos fronterizos al sur del gigante del norte. El éxodo de las familias centroamericanas se produce en momentos donde la violencia urbana en la región ha alcanzado niveles escalofriantes. Barrios enteros tomados por el narcotráfico y las bandas delictivas llamadas “maras”, que han puesto en jaque el rol del Estado en la tutela de la seguridad pública.

Del otro lado, el Ejército de los Estados Unidos aparece por televisión con armas y movimientos de patrulla, para lograr disuadir psicológicamente a los inmigrantes del propósito de ingresar al país de manera ilegal.

La masa humana se mueve a pie con algunos bolsos a cuestas y una organización precaria. A través de las redes sociales, cientos de familias se dispusieron a compartir la travesía hacia el norte, sin recursos más que la solidaridad. Caminar juntos les garantizaba no ser asaltados por bandas criminales mientras continuaban por las rutas del sur de México. A este contingente, se han sumado otra decena de cientos de personas que, anoticiadas del paso de la caravana por su ciudad por algún medio local, decidieron sumarse al grupo de personas y compartir el trayecto. Algunas ONGs de derechos humanos asentadas en México, colaboran con los inmigrantes ofreciendo calzados usados, algo de comida y un techo donde acampar para poder asistir principalmente a personas que presentan cuadros de fatiga y enfermedades productos del desgaste físico.

Sin embargo, en los Estados Unidos también la gente se está organizando. A través de las redes sociales, grupos de hombres se juntan para preparar cuadrillas civiles con armas de portación legal, para poder repeler la “amenaza” que sugieren estas personas. Esta “inminente invasión”, como señalan, los obliga a viajar al sur para proteger las fronteras. Cargan municiones de alto calibre y drones comandados por control remoto, para poder pilotear la zona y dar aviso a las patrullas de frontera en caso de detectar anomalías.

La inmigración latinoamericana en los Estados Unidos es entendida como una amenaza a la identidad y a la cultura estadounidense. Una identidad que es percibida como una entidad estática, rígida, que no ha cambiado en el tiempo y que, mucho menos, es producto de una amalgama de otras culturas, paradójicamente de origen anglosajón e indoeuropeo.

De la islamofobia a la latinofobia

Después de los atentados del 11 de septiembre, el gigante del norte emprendió una guerra sui generis. Esta vez no contra un Estado, sino contra un grupo político: el terrorismo. Esta organización transnacional fue inmediatamente conexa con una etnicidad y una religión concreta: el árabe musulmán. De esta manera, se delimitó un enemigo público que debía ser aniquilado. Si pudiéramos hacer hablar al politólogo alemán Carl Schmitt fallecido a mediado de los 80s, éste posiblemente nos diría que Estados Unidos construyó a ese enemigo público, precisamente para construir y delimitar un “nosotros” que nada tiene que ver con los “otros”, con la “otredad”[1]. Una segmentación tajante y sin matices que conduce a desterritorializar al enemigo[2] de sus países de origen, y presentarle batalla en todos los lugares donde tendiera sus tentáculos. La razonable demarcación del terrorismo como enemigo público, dio su paso a la lamentable estigmatización de los árabes y la religión del islam. ¿Pero cuál es la relación de los árabes y el terrorismo, con los inmigrantes latinoamericanos? Ese enemigo público, señalado con las características ya mencionadas, era (y posiblemente es) un enemigo externo, un enemigo que había que ir a buscar y aniquilar fronteras afuera. El nuevo enemigo público que se está (mal)constituyendo en los Estados Unidos, “está acá”, se encuentra adentro, utiliza “nuestras” instituciones, se beneficia de “nuestro” mercado laboral y amenaza “nuestra” identidad cultural[3]. Las consecuencias que tiene la demarcación de un nuevo enemigo público, supone señalar como enemigo a hombres sin armas, con una organización primitiva y una situación de delicada vulnerabilidad social. Securitizar las migraciones y entender a éstas como una amenaza, conlleva la consecuente delimitación del “mexicano”, moreno y bajito, como representación de una latinidad que se presenta como amenaza, y que a diferencia de la islamofobia, ésta ya “invadió” a los Estados Unidos: ¡el enemigo está adentro!

 La opinión de los analistas

Leandro Morgenfeld es un destacado investigador del CONICET y desde hace años estudia a los Estados Unidos. Recientemente ha publicado “Bienvenido Mr. President” (2018) por la editorial Octubre. Consultado por CEIEP, el escritor analiza la construcción de los flujos migratorios como amenaza a la seguridad de Estados Unidos. Para el historiador de la UBA, estamos en presencia de “una estrategia política para canalizar el descontento de sectores trabajadores con salarios estancados hace años, y promover las tensiones contra los migrantes como salida”. Morgenfeld señala que “existen 45 millones de estadounidenses pobres” que son codiciados por ciertos sectores políticos, y que son “utilizados recurrentemente en las elecciones para ganar Estados claves del interior”.

Desde Chiapas, México, contactamos al licenciado en relaciones internacionales, Héctor David Cameras Robles. El investigador coincide con Morgenfeld en la “visión xenófoba” que adquiere la Casa Blanca y subraya que el presidente Trump “entretiene al pueblo estadounidense de los temas fundamentales” para mostrarse imprescindible en la lucha contra esta “amenaza”. “Él sería el único que puede combatir los males del país”, ironiza Cameras.

Para Juan Cruz Tisera, doctor en relaciones internacionales, debemos buscar el origen del problema más atrás. Autor de “Latinoamérica: ¿en los Estados Unidos? El dilema de la seguridad societal y el reto hispano” (2016) de Editorial Almaluz, dialoga con CEIEP y entra de lleno en el debate. “(…) La actitud en contra del latino está fuertemente vinculada al año 1965, con el aumento de la inmigración indocumentada”, amplía. Para el docente universitario, la clave está en el miedo. “El miedo necesita de una visualización, y la narrativa de la amenaza latina encuentra en éste último su chivo expiatorio”, y continua, “la guerra contra el terror pronto se convirtió en una guerra anti-inmigrante. ‘Construir al Enemigo’, tiene hoy su máxima expresión en el presidente Trump, pero no como algo novedoso, sino como un volver a construir”.

La construcción del enemigo[4] en clave identitaria y cultural, incorpora una novedad en la política exterior de Washington. A diferencia del comunismo como ideología enemiga; o el terrorismo, como un enemigo desterritorializado de un Estado concreto; el nuevo enemigo es identitario y permanente. No existe reconciliación con un enemigo que lleva consigo la marca de la latinoamericanidad, porque precisamente no la puede cambiar, está en su rostro. Lo que nos conduce a una tensión indisoluble, solo contenible por la distancia prudente entre las fronteras. Cruzarlas de manera ilegal, es para muchos grupos conservadores, una amenaza total.

Para Morgenfeld, “la idea de que viene una caravana de criminales a invadir a los Estados Unidos y a atacar a los ciudadanos norteamericanos es una construcción ideológica utilizada por el presidente Donald Trump para justificar la remilitarización de la frontera con México.”

Tisera, además advierte “(…) recordemos que el famoso muro tuvo su inicio con la administración Clinton y durante la presidencia de Obama se registraron los mayores números de deportación de inmigración latinoamericana de la historia”. Insinuando con ello, que el rechazo al inmigrante latinoamericano sería una constante entre las últimas administraciones estadounidenses.

En las próximas semanas, la caravana llegará a la frontera con los Estados Unidos. La posibilidad de que algunos de ellos reciban asilo por parte de Washington, son muy remotas. Por lo pronto, Donald Trump ha sido categórico y ha tuiteado “¡Cualquier persona que ingrese ilegalmente a los Estados Unidos será arrestada y detenida, antes de ser devuelta a su país!”. Huir de la violencia urbana y la miseria en sus países, podría conducir a un nuevo tormento: una prisión en la tierra de la libertad.

[1] SCHMITT, CARL (1984). “El concepto de lo político”, Folios ediciones, Ciudad de México, México.

[2] DELGADO PARRA, Concepción (2011). “El criterio amigo-enemigo en Carl Schmitt. El concepto de lo político como una noción ubicua y desterritorializada”, Cuadernos de Materiales N°23, Facultad de Filosofía, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, España.

[3] TISERA, Juan Cruz (2017). “El enemigo en casa. La inmigración latinoamericana como amenaza a la sociedad cultural estadounidense: la identidad desde las relaciones internacionales”, Revista Aportes para la Integración Latinoamericana, Año XXIII, N°36, Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, Argentina.

[4] ECO, Umberto (2002). “Construir al enemigo”. Editorial Lumen, Barcelona, España.

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