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11 de junio de 2016

Joseph Nye: ‘El poder duro nunca pasó de moda’

Pablo Colomer y Jorge Tamames*

Joseph Nye (New Jersey, 1937) es un pensador de referencia en el mundo de las relaciones internacionales. Catedrático por la Escuela Kennedy de la universidad de Harvard, codirector del Aspen Institute y la Comisión Trilateral, ha asesorado a las administraciones de Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama, trabajando para las dos primeras. Su aportación académica más reconocida es el desarrollo de los términos soft power y smart power (poder blando y poder inteligente), que le ha convertido en uno de los teóricos de política exterior más importantes de las últimas décadas. Nye es entrevistado el 9 de junio en la sede de la Fundación Rafael del Pino, donde ha impartido una conferencia sobre poder y prosperidad en el siglo XXI.

Pablo Colomer y Jorge Tamames (CT): La anexión rusa de Crimea, la guerra en Siria, las disputas territoriales en el Mar de la China Meridional… ¿Piensa usted que estamos involucionando, volviendo a un orden mundial en el que el poder duro vuelve a estar de moda?

Joseph Nye (JN): Creo que nunca dejó de estar de moda. La invasión de Irak fue poder duro. El bombardeo de Serbia, también. Aunque el caso de la invasión rusa de Ucrania era diferente. Rompió las reglas básicas de 1945, la prohibición de usar fuerza para anexar territorio. Estados Unidos y la Unión Europea respondieron con poder duro: sanciones. Pero eso lo combinaron con el poder blando al condenar la violación de normas. De alguna forma, la aplicación de sanciones muestra que hay un precio que pagar por violar normas. Es importante porque significa que las sanciones han logrado un objetivo fundamental, al demostrar que estas normas tienen un valor determinado. Si los rusos hubiesen salido impunes, se podría argumentar que estamos volviendo a un mundo más similar al de los años 30 del siglo XX, cuando no existían penalizaciones efectivas para el uso de fuerza.

CT: El ejemplo de Japón invadiendo Manchuria, en 1931.

JN: Exactamente.

CT: Usted también ha acuñado el término smart power (poder inteligente). ¿Cree que se aplica con éxito para la resolución de problemas y crisis globales?

JN: El poder inteligente es la habilidad de combinar poder duro y blando. Es un repertorio de estrategias. A veces funciona y otras no. La invasión de Irak fue un fracaso en términos de poder inteligente, porque los americanos pagamos un precio muy alto por la guerra en términos de poder blando. Así que no fue un éxito, independientemente de que lo fuera a nivel de poder duro. Un ejemplo de la administración Obama en el que el poder inteligente ha funcionado es Irán. Tenías el poder duro de las sanciones, que hicieron que Irán se sentase a negociar, y la amenaza de usar fuerza [en caso de que el país desarrollase un arma nuclear]. Pero también fue clave la diplomacia a la hora de negociar una solución. Otro ejemplo del mismo periodo es la apertura con Cuba, que ha mejorado la posición de EEUU no solo en La Habana, sino de cara al resto de América Latina.

CT: La UE solía ser el máximo exponente de poder blando: una comunidad unida por leyes, ideas y una cultura compartidas. Pero desde hace seis años hemos visto menos consenso y más imposiciones en la gestión de la crisis del euro, y el auge de una extrema derecha xenófoba y autoritaria. ¿Cómo cree que estas dinámicas afectarán a la UE como modelo global de poder blando?

JN: A largo plazo, la UE ha sido un éxito. No es una federación, ni un Estado unitario, así que no todos están en el mismo barco. Pero los diferentes barcos están atados unos a otros de una forma que en el pasado no estaban. Y eso es un logro considerable: tener una entidad que vuelve imposible la idea de que los Estados europeos libren guerras entre sí, y que les permite cooperar en muchas áreas diferentes. En muchos casos, como el programa Erasmus, la UE ha logrado mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. El peligro es el aumento del populismo y el euroescepticismo. Esperemos que en el referéndum británico no gane el “exit”.

CT: ¿Cree usted que la gestión de la crisis de los refugiados, en la que la Europa parece estar retorciendo sus valores y principios fundacionales, dañará a la UE en términos de su poder blando?

JN: La decisión de Angela Merkel de acoger refugiados fue muy valiente. Pero políticamente fue muy difícil y costosa. Existe un problema con la inmigración: es algo bueno, pero puede desbordar rápidamente la capacidad del Estado que acoge, y eso puede generar reacciones en contra. La pregunta interesante es ver si la UE es capaz de mantener un sistema de acogida de refugiados que no genere una reacción populista. Es un dilema difícil, pero Merkel merece aplausos por su decisión.

CT: Esta cuestión también es pertinente en EEUU, en vista de la popularidad de Donald Trump. Usted escribió recientemente que Trump debilitaría a EEUU, en parte porque socavaría los valores y principios en los que el país basa su atractivo.

JN: Trump ha propuesto cosas como expulsar a los musulmanes de EEUU, que es algo insensato y estúpido, porque socava la capacidad de EE UU para combatir el terrorismo, donde necesitamos la cooperación de los musulmanes. En ese sentido, Trump ya ha hecho un daño considerable. Si se convirtiese en presidente –cosa que no creo que ocurra–, habría que esperar que sus asesores le empujasen en una dirección más moderada.

CT: La globalización y la desigualdad han sido los dos grandes temas de estas primarias. Son cuestiones complejas e interrelacionadas, que recuerdan al concepto de interdependencia que usted desarrolló durante los años 70. ¿Piensa usted que el debate en las primarias se está abordando de manera simplista?

NJ: Existe una reacción contra la globalización, en la que los extranjeros a menudo se convierten en chivos expiatorios. Pero muchas de las causas de la desigualdad son tecnológicas. En una economía del conocimiento, la educación se vuelve cada vez más importante, y la falta de acceso a ella o a la capacidad de manejarse con tecnologías avanzadas supone un problema. Esto ha llevado a un rechazo de las políticas comerciales tradicionales por parte de ambos partidos. Tanto Trump como [Bernie] Sanders se han mostrado escéptico con los tratados comerciales que firma EEUU, en parte porque el cambio tecnológico y la globalización realmente generan dificultades y pueden amenazar puestos de empleo, pero también porque les genera apoyo políticamente.

CT: En sus memorias de 2014, Hillary Clinton menciona la importancia del “poder inteligente”, un concepto que asegura que aplicó durante su tiempo como secretaria de Estado (2009-13). Salvo grandes sorpresas, Clinton parece posicionada para ganar las elecciones presidenciales en noviembre. ¿En qué se traducirían estas ideas una vez que ocupe la Casa Blanca y en qué se diferenciaría su política exterior de la de Obama?

JN: Creo que existe bastante solapamiento; al fin y al cabo, Clinton fue la secretaria de Estado de Obama. Hay gente que opina que será más intervencionista que Obama. Steve Sestanovich sostiene que EEUU pasa por épocas de activismo y retraimiento en su política exterior. Que Obama representa una época de retraimiento, mientras que Clinton podría ser diferente. Pero en este momento creo que el debate aún es especulativo. Creo que la mejor forma de expresarlo es que las líneas generales de la política exterior de Hillary no serán diferentes a las de Obama, pero los detalles sí.

CT: ¿En qué tipo de potencia se está convirtiendo China?

JN: China ha tenido treinta años espectaculares. Ha hecho una labor estupenda a nivel económico, sacando a cientos de millones de la pobreza. Pero existe una tendencia a exagerar su poder. En mi último libro comentaba que no hay que ser un pesimista para pensar que mucho de lo que se escribe actualmente sobre China es demasiado optimista. Desde entonces, los índices de crecimiento del PIB chino han caído, y ya nadie sostiene que el país pueda crecer a un ritmo anual del 10% ininterrumpidamente. Es lo que [el catedrático de Harvard y exasasesor de Obama] Larry Summers llama regresión a la media: basándonos en la experiencia de otros países que han crecido a un ritmo igual de rápido, lo normal en el futuro sería que China creciese en torno a un 3,9% anual. Proyectar un crecimiento del 10% de forma lineal no es una buena forma de entender lo que pasará con China. Martin Wolf, del Financial Times, se refiere a China como una “superpotencia prematura”: la gente proyecta dónde debería el país estar en el futuro asumiendo que continuará creciendo a la misma velocidad. China es una gran potencia, con un crecimiento y capacidades impresionantes, pero sigue sin estar a la altura de EEUU, y probablemente no adelante a EEUU en las décadas venideras.

CT: ¿Piensa usted que la forma en que China recurre al poder duro para imponerse en su vecindario aumentará con el tiempo?

JN: Bajo Xi Jinping se produjo una tendencia a concentrar poder. Creo que el Partido Comunista Chino necesita legitimarse, y que hasta ahora lo ha hecho gracias al crecimiento económico. Pero a medida que el ritmo de crecimiento se enfría, el nacionalismo se convierte en una nueva forma de obtener legitimidad.

CT: Eso mismo estamos viendo en Rusia.

JN: Sí, y en el comportamiento de China también. Pero insisto, hay que distinguir entre lo que China quisiera hacer si nadie le impusiese límites, y lo que realmente hace cuando le imponen límites otros países, especialmente EEUU, en áreas como el Mar de la China Meridional. Creo que EEUU y China pueden gestionar su relación exitosamente. El peligro es lo que yo llamo el problema “Ricitos de oro”: ni muy caliente ni muy frío, acertar con la temperatura ideal. En este ámbito soy relativamente optimista, pero la historia está está llena de sorpresas.

CT: Le tenemos grabado, así que ya veremos

*Periodistas y analistas internacionales.

[Estudios de Política Exterior]

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