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21 de abril de 2016

Estado Islámico: origen, naturaleza e implicaciones regionales

Por Matías Ferreyra Wachholtz

Entendida como la expresión más radical dentro del islam político y caracterizado por el uso frecuente y brutal del terrorismo, la organización denominada Estado Islámico ha sido una fuerza política y territorial en expansión en los últimos años, azuzando una fuente de amenazas múltiples sino imprevisibles para la seguridad del Medio Oriente. ¿Quiénes son estos grupos? ¿Por qué ha crecido el poder de los mismos en la región? ¿Cuáles son sus consecuencias para el delicado equilibrio de poder regional?

A los ojos del mundo mediático occidental, el grupo Estado Islámico (EI) comenzó a cobrar protagonismo en los primeros días de junio de 2014, cuando varias ciudades de Irak, entre ellas importantes regiones petroleras en Tikirit y Mosul cayeron bajo el control de milicianos pertenecientes a la agrupación – por aquel entonces denominada Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) – asolando cerca de la capital de Irak, Bagdad.

Los mismos atribuyen en su haber un número que ha rondado por encima de los 20.000 hombres armados, además de controlar extensos territorios en el noreste de Siria e Irak. Desde entonces, su vertiginoso avance ha llevado a que tanto Irak como Siria solicitaran la ayuda militar de otras potencias internacionales.

El EI es una organización paramilitar relativamente joven en la región, que comparte la misma ideología yihadista que Al-Qaeda, quien fuera su precursora. Esta extensión de Al-Qaeda en Irak, constituida como tal en 2004, empezó a utilizar el apelativo de Estado Islámico de Irak (EII) en 2006 y el de Estado Islámico de Irak y el Levante en abril de 2013, tras haber ampliado su ámbito operativo al contiguo territorio de Siria. Sus bases doctrinarias derivan del salafismo wahabita -la versión más rigorista y extremista dentro de las confesiones islámicas- y su objetivo último consiste en nada menos que la constitución de un Califato islámico en la región que someta bajo un gran “Yihadistan” a Irak, Siria, Jordania y el Líbano, de acuerdo a las medidas que dicta la sharia, la ley islámica.

Restos del genocidio del EI en Siria

Restos del genocidio del EI en Siria

¿Por qué ha crecido el poder de susodicha organización en el Medio Oriente? Los factores que le dieron impulso son varios. En primer término, la crisis del modelo secular de Estado en los países de la región y los Levantamientos Árabes en los últimos años, propiciaron el resurgimiento de aquellos movimientos -algunos más moderados, como la Hermandad Musulmana, otros más radicales como los grupos takfiríes y salafistas-. Ciertamente, los gobiernos más golpeados por las revueltas árabes, el de Muammar Gaddafi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto, Bashar al-Assad en Siria y Ben Ali en Túnez, eran regímenes que habían aprendido a mantener sus esferas políticas y públicas coercitivamente secularizadas, proscribiendo y persiguiendo a todo grupúsculo que pretendiera instaurar el Corán como principio vertebral del Estado. Lo cierto es que tales crisis liberaron la escena al extremismo islamista. Justamente allí donde las jurisdicciones estatales son frágiles es donde estos grupos han sabido proliferar.

Otros factores determinantes han sido los intereses estratégicos y el incentivo dado a las luchas sectarias por parte de monarquías del Golfo tales como Arabia Saudita y Qatar, entre otros. Estos países, en su afán de aprovechar la debilidad del gobierno de Bashar al-Assad en coyuntura de guerra civil y contrarrestar la influencia regional de la República Islámica de Irán tanto en el gobierno alauí de Siria como en el gobierno chií de Irak, ayudaron al EIIL y otras agrupaciones yihadistas -sunníes- con importantes provisiones de armamento, financiación e instrucción en logística durante los últimos años, lo que ha robustecido su poder y presencia en aquellos países.

De este modo, tanto el EI como al-Qaeda representan focos de perturbación para el frágil equilibrio de poder e influencias entre los Estados de la región, principalmente entre Irán y Arabia Saudita.

En el caso de Teherán, el gobierno de los Ayatolas tiene un interés geopolítico en proteger el eje chiita de Hezbollah-Siria-Irak-Irán, ya que garantiza su influencia regional, por lo que la defensa de los chiitas en toda la región representa un componente central que está bajo amenaza. Por estas razones es que el gobierno iraní ha considerado inconcebible abandonar a su suerte a los chiitas en Irak. Ahora incluso, existe la aquiescencia norteamericana con el despliegue militar iraní en Irak para contrarrestar al EI, lo que ciertamente fortalece su posición de poder regional.

En la perspectiva de la monarquía saudí -quien percibe en Irán la principal amenaza a sus intereses- tal escenario resulta una enorme preocupación. El Reino de los Saud procura contrarrestar la influencia iraní y al polo de “poder chií” constituido tras el derrocamiento de Saddam Hussein, en 2003, en una confrontación que se ha agravado en los últimos años. En efecto, en donde los iraníes puedan desempeñar algún rol clave, también querrán hacerlo los saudíes.

En suma, poco a poco el radicalismo de EI ha convertido a los territorios ocupados en bases logísticas para islamistas y diferentes grupos yihadistas de la región, al tiempo que las poblaciones chiíes de Irak y Siria cedieron a un mayor resguardo bajo el control de Irán. A ello se añade el fortalecimiento de la región autónoma kurda en el norte de Irak, que ha cobrado mayor independencia fáctica a medida que se debilitó el gobierno central en Bagdad. De hecho, aquella puja de fuerzas regionales podría generar un desastre para el estatuto político territorial del Medio Oriente, llevando a los Estados de Irak y Siria a un proceso de cantonización, con la aparición de varias regiones de facto independientes diferenciadas por criterios étnicos y religiosos.

No obstante, el panorama actual muestra un significativo declive estratégico del EI. Después de más de cuatro años de desentendimiento en torno a Siria, los inéditos acuerdos diplomáticos entre Estados Unidos y Rusia, alcanzados en febrero de 2016, lograron un cese al fuego  relativamente observado entre las fuerzas locales que ambas potencias han auspiciado. Ello hizo posible una mayor concentración del esfuerzo bélico para combatir al Estado Islámico, quien de hecho ha sufrido grandes reveces en los últimos meses y perdido el control de importantes territorios en Siria. En efecto, se vaticina lo que podría ser un retroceso definitivo de la organización terrorista en manos de las coaliciones internacionales y regionales que los enfrentan.

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