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Odisea en las urnas

14 de octubre de 2015

Elecciones en Guatemala: a la espera de nuevos aires

Por Antonella Pantanali

Después de unos meses de gran agitación social en contra de la dirigencia política, como también de sus entramados y alianzas corruptas con las clases oligárquicas y empresarias, el pueblo guatemalteco espera por la segunda vuelta electoral para elegir al próximo presidente y vice de la república. El desarrollo de las elecciones generales el pasado 6 de septiembre, vinieron cargadas de un clima político muy tenso: la renuncia de la vicepresidenta Roxana Baldetti y la posterior reclusión preventiva del jefe de Estado, Otto Pérez Molina.

Impulsada desde la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), ente auspiciado por Naciones Unidas, y que entra en órbita en 2006 con un acuerdo con el Estado de Guatemala, se ha llevado adelante una serie de investigaciones que vinculan al ex Presidente y varios funcionarios con una organización criminal llamada “La Línea”. Esta organización tenía como objetivo principal la modificación de los montos que debían pagarse como impuestos aduaneros. De esta forma, ambos ex mandatarios fueron acusados de asociación ilícita, cohecho pasivo y defraudación al Estado por la Fiscalía de dicho país.

Luego de lo sucedido, se incorpora un nuevo mandatario provisional que toma el cargo ejecutivo hasta el 14 de enero del 2016, Alejandro Maldonado, expresidente de la Corte de Constitucionalidad. En este contexto político y social muy convulsionado, se desarrollaron las elecciones generales en Guatemala, pautadas para principios de septiembre.

Resulta interesante destacar que las movilizaciones sociales que se dieron en estos últimos meses, las cuales ejercieron una presión considerable en el devenir de los hechos, y que tomaron cierta repercusión mundial junto con los movimientos en Honduras, cuentan con una característica especial que las diferencia de otro tipo de protestas masivas: aquellas que tienen como banderas la lucha contra políticas neoliberales, así como también, el avasallamiento de las empresas transnacionales por sobre las recursos naturales y las poblaciones campesinas. Esta vez, la consigna fue: “¡No a la corrupción. Si, a la refundación de la nación!”. Y si bien fueron muchas las comunidades indígenas y campesinas que se plegaron a las movilizaciones, desde los principales medios masivos de comunicación se construyó una caracterización negativa de éstas tildándolas como “violentas” y “peligrosas”. Es en estos términos, que el analista Ollantay Itzamná resalta la intencionalidad de evitar una complicidad emergente entre el campo y la ciudad, y buscar apaciguar, y hasta aniquilar los movimientos sociales que luchan por transformaciones estructurales.

Sea como sea, “la lucha contra la corrupción” es un tema que convoca y moviliza en su mayoría, a los sectores más acomodados de la sociedad, y en el caso de Guatemala el rol protagónico fue de los “no indios”. Fueron en este caso los “blancos”, quienes se autoconvocaron a través de las redes sociales y terminaron por conformar un “movimiento de indignados”.

Protestas contra la corrupción en Guatemala

Es de esta manera, que los vencedores de la primera contienda electoral fueron dos personajes, que aunque aparentemente distintos, cuentan con el respaldo de las clases más conservadoras: Sandra Torres, representante del socialdemócrata Partido Nacional de la Esperanza, y Jimmy Morales del partido Frente de Convergencia Nacional, quien cuenta con el apoyo de “ex militares contrainsurgentes y sectores evangélicos fundamentalistas”. Morales, quien quedó primero en las elecciones generales con un 23%, es un artista cómico, que tiene a su favor una idea colectivamente difundida en el país, que todo lo que proviene de la política está corrompido, “sucio”, y lo ha sabido aprovechar al apuntar al “voto-bronca” de la ciudadanía.

De los resultados electorales, se desprende una cierta decepción con la potencialidad que las movilizaciones podrían haber tenido, pareciera que desde los sectores más progresistas, no se ha podido canalizar las demandas populares hacia un cambio más radicalizado. No fue la idea la de cambiar el sistema político, sino el de cambiar “actores políticos, manteniendo el sistema neoliberal vigente”. Se dio una perfecta aplicación de lo que Itzamná llama “libreto norteamericano”: provocar disconformidad en la población desde los medios de comunicación y movilizar grandes masas para reemplazar personajes políticos que, de acuerdo a las facciones ganadoras de las elecciones, parecieran ser igualmente afines a sus intereses.

Desde hace algunos años, se perciben en los gobiernos de América del Sur, una nueva manera de pensar lo político desde una dimensión emancipadora, una reconsideración del Estado como un instrumento de justicia social frente al capitalismo salvaje. El 25 de octubre, habrá ballotage en Guatemala, y no resta sólo esperar, sino por el contrario, intentar construir sujetos sociopolíticos activos y no sumisos frente a los poderes establecidos.

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