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Brasil: una democracia tambaleante

13 de mayo de 2016

Dilma Rousseff destituida

Por Nabih Yussef

La decisión del Senado de finalmente destituir a la presidente Dilma Roussef tiene impacto no solo en las instituciones de la democracia brasileña, sino que pone en alerta a todos los países e instituciones de la región.

Dilma Rousseff expresó con voz enfática aunque visiblemente agotada, que “lo que está en juego no es solamente mi mandato, sino la voluntad soberana del pueblo brasileño y la Constitución.” En clara alusión al sistema democrático del Estado.

Rousseff declara que es acusada por un crimen que no cometió y que ello en un sistema democrático es un golpe de Estado. Acusó directamente a Eduardo Cunha, presidente de la Cámara de Diputados y miembro del PMDB (ex aliados de Dilma), de ser el principal hostigador y responsable de la operación política en su contra. Al tiempo que en las afueras de Planalto, movilizaciones dirigidas por el PT vociferaban “não vai ter golpe”.

Mientras tanto al sur de Brasil, en Buenos Aires, desde Cancillería argentina se expedía un comunicado por el cual “el Gobierno Argentino manifiesta que respeta el proceso institucional que se está desarrollando y confía en que el desenlace de la situación consolide la solidez de la democracia brasileña.” Lo que disipa cualquier hipótesis de suspensión de Brasil del Mercosur. El Gobierno del presidente Macri parece mucho más preocupado por cómo la crisis presidencial brasileña pudiera impactar en el comercio bilateral que en la estabilidad política de la región.

Distinto tono le imprimió Venezuela. En un comunicado de prensa sentenció que “Sectores oligárquicos, con el respaldo de intereses imperialistas, de las transnacionales y de grupos mediáticos, pretenden reinstaurar el neoliberalismo en Brasil.” El Gobierno de Maduro no esconde la antipatía por lo sucedido en Brasilia, y se ve acorralado por los cambios de gobierno que continuan produciendose en la región. En una misma línea se expidió la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que condenó el golpe de Estado y lo asoció a intereses geopolíticos que responden a Washington.

La Organización de Estados Americanos (OEA), se mostró respetuosa de la crisis presidencial brasileña y entendió que no se trataba de un golpe de Estado. La OEA viene de destituir a Honduras por el golpe de Estado que sufriera en entonces presidente Manuel Zelaya en 2009, y de ser muy criticada por convalidar el golpe de Estado de Fernando Lugo en Paraguay en 2012. La situación de Brasil será el primer gran desafío que deberá enfrentar el actual Secretario General, Luis Almagro Lemes tras suceder a José Inzulza en el organismo.

Ernesto Samper, Secretario General de UNASUR, se mostró preocupado y entendió que la crisis en Brasil por su peso político, genera inestabilidad en Sudamérica. En un comunicado para la prensa internacional, declaró que “la presencia y existencia en Latinoamérica de poderes fácticos y nuevos actores políticos que están haciendo política sin resposabilidad política, están comprometiendo la gobernabilidad democrática de la región de una manera peligrosa.” Samper apuntó que no se puede destituir a un presidente si no existe la comisión de un delito y criticó la “imputación administrativa” realizada por los legisladores.

La crisis de Brasil compromete a la región y hecha para atrás la imagen que buscó proyectar Lula Da Silva, de país estable, receptivo de inversiones extranjeras y con vocación de liderazgo en América Del Sur. Atrás quedarán los anhelos de Brasilia de sentarse entre los poderosos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y de ser el país garante de la estabilidad sudamericana. Brasil ha demostrado que aún no está preparado para jugar el juego de las potencias si aún no puede jugar en la política doméstica de manera predecible y responsable.

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