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7 de septiembre de 2015

Destino: Europa

Por Catherine Wihtol de Wenden*

Europa, lugar de elección para los solicitantes de asilo, atrae a una gran diversidad de emigrantes. Aunque ha entreabierto sus fronteras hacia el Este, se mantiene cautelosa respecto a las del Sur.

Desde los años 1990, Europa se ha convertido en uno de los principales destinos de emigración del mundo. En 2010, contaba con 30 millones de personas nacidas en el extranjero, de los que 7 millones eran europeos. Ayer tierra de partida hacia las colonias o los nuevos mundos, Europa se ha convertido en una tierra de acogida sin que nunca se haya aceptado a sí misma como tal.

Esta transformación se ha hecho tras la conjunción de varios factores: la aceleración del reagrupamiento familiar en los países de inmigración más antiguos, como Francia, el Reino Unido, los países del Benelux o Alemania, a causa de la suspensión duradera de la inmigración laboral en 1973 y 1974; el paso en los países de Europa del Sur de la emigración a la inmigración; el torrente de solicitudes de asilo que hubo durante los años 1990 tras las guerras civiles en varios puntos del mundo (la antigua Yugoslavia, las regiones kurdas, Medio Oriente, los Grandes Lagos de África, Argelia, Costa de Marfil, Centroamérica, Sri Lanka, Chechenia, Haití, etc.); la caída del muro de Berlín, que provocó migraciones pendulares del este al oeste y migraciones étnicas, de las que las más importantes fueron las de los 2 millones de aussiedler (alemanes étnicos, que regresaron después de 1989 y tomaron la nacionalidad alemana); y, finalmente, el ansia por Europa, alimentada por los medios de comunicación, las transferencias de fondos y otros factores –redes transfronterizas que hacen de la travesía por el Mediterráneo, legal, pero más a menudo clandestina, una odisea moderna cuando, en el propio país, no hay ya esperanza o ésta sólo se tiene a largo plazo–. En este contexto, las revoluciones árabes llevaron hacia Italia y Francia a unos 30.000 tunecinos y libios luego de su comienzo en 2011.

A este nuevo paisaje migratorio se le añade el establecimiento de la movilidad entre las elites, las clases medias y los estudiantes, así como la reaparición de la inmigración laboral. En 2000, Europa tomó conciencia de su declive demográfico anunciado para el horizonte de 2030 y de las penurias sectoriales de mano de obra para los trabajos penosos y poco calificados de la agricultura, los servicios domésticos, hostelería y construcción, o para ciertos sectores altamente calificados como la informática o la medicina.

Bajo la dirección de Bruselas, pero más incluso por iniciativa de los Estados europeos, las fronteras se entreabren en medio del desorden: acuerdos bilaterales de mano de obra con los países vecinos de Europa Central y Oriental, puesta en marcha de facilidades de entrada para los sectores en los que la mano de obra nacional es deficitaria (las llamadas ocupaciones “de difícil cobertura”), inmigración selectiva de elites calificadas y muy calificadas. El control de las fronteras ha multiplicado sus instrumentos de lucha contra la inmigración clandestina, en 2010 se lanzó la tarjeta azul europea para facilitar la entrada y establecimiento de los más calificados.

Cierta convergencia se dibuja entre los países europeos en esta semiapertura, reorientada por una escalada de sentimientos populistas de extrema derecha que conducen a la voluntad de cerrar todos los flujos migratorios, incluidos los de trabajadores. Pero cada país guarda una especificidad en sus movimientos, según su historia y su geografía.

Se distinguen tres tipos de formas de presencia en los países europeos: las “parejas migratorias” caracterizadas por la presencia de una nacionalidad en un solo país (como el más del 90 % de los argelinos en Europa que están en Francia), las cuasi-diásporas, cuando una nacionalidad se instala en varios países europeos y va construyendo en ellos fuertes lazos transnacionales entre las comunidades (como los turcos o los marroquíes, que forman las dos primeras nacionalidades por su número) y la dispersión, cuando el paisaje migratorio está hecho de un mosaico de nacionalidades, fruto de la globalización de las migraciones, como en Italia.

A partir de los años 1990, aparecieron nuevas diásporas, resultantes de la acrecentada movilidad de grupos como los chinos o los indios en países con los que no tenían lazos anteriores. Las crisis políticas mundiales han traído nuevos solicitantes de asilo que contribuyen, debido a la diversidad de su procedencia, a diversificar todavía más sus componentes: afganos, iraquíes, libios. La apertura del mercado del trabajo a los europeos del Este en el Reino Unido, en Irlanda y en Suecia, en 2004, ha introducido nuevos flujos de polacos que se dirigían antaño hacia Alemania. Se perfilan varias figuras de nuevos emigrantes, desde los sin papeles, un fenómeno recurrente en la mayoría de los países europeos, los emigrantes temporales abocados a una circulación migratoria sin instalación, los estudiantes, un fenómeno en plena ebullición, hasta las elites muy móviles y las familias que se vuelven sedentarias. A esta diversificación se le añaden la feminización de las migraciones, que alcanza la mitad de los flujos y el fenómeno de los menores aislados, muy numerosos en España.

Tras la apertura al Este, que todavía no ha culminado para los rumanos y los búlgaros en cuanto a su capacidad de poder elegir un trabajo libremente e instalarse, Europa sigue cautelosa con el Sur a la hora de crear una política de vecindad.

Otra constatación: las cuestiones planteadas por los nuevos flujos ya no tienen muchos puntos en común con las de las antiguas y sedentarias migraciones. Frente a las diásporas tradicionales en las que la referencia al éxodo alimentó durante mucho tiempo su identidad –como es el caso de los judíos y los armenios– las familias surgidas del reagrupamiento familiar, objeto de mucha atención en sus países de origen, los cuales mantenían políticas diaspóricas –apoyando a asociaciones, favoreciendo la doble nacionalidad o incentivando la transferencia de fondos–, sufren a menudo discriminaciones aun habiendo adquirido la nacionalidad de los países de acogida europeos.

El fenómeno de las generaciones surgidas de la inmigración –aparecido a principios de los años 1980 en Francia, pionera en la antigüedad de sus movimientos migratorios respecto a los demás países europeos–, se ha convertido en una realidad para los países que se han considerado durante mucho tiempo lugares de inmigración de trabajadores temporales, como Alemania, Suiza, Italia o España.

* Politóloga y jurista, directora de investigación en el CNRS (CERI), París.

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