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Dos Venezuelas: del plebiscito a la constituyente

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9 de agosto de 2017

Caos en Venezuela: la estrategia de la oposición

Todos los días nos desayunamos sobre las protestas en la calles de las ciudades de Venezuela y ataques terroristas, las acusaciones que los diferentes dirigentes de la oposición y comunicadores realizan al gobierno de Nicolás Maduro en el marco de un continuo bombardeo mediático. Podemos vislumbrar que el “estilo Maidán”[1] que estamos presenciando en Caracas, Chacao y otras muchas ciudades venezolanas, indica que el manual para la guerra hibrida[2] que hemos visto en las protestas de la Primavera Árabe y más recientemente en Ucrania, se están desplegando en el país sudamericano.

Es menester destacar que no es el primer intento de golpe suave que vive Venezuela, sino que tras 18 años de la denominada “revolución bolivariana”, este país conoce a la perfección una modalidad muy peculiar de protestas callejeras: se trata de las guarimbas[3], un tipo específico de movilizaciones que, con el paso del tiempo, han ido adquiriendo los rasgos característicos de las llamadas “revoluciones de color”.

Desde que la mayoría opositora ganó las elecciones legislativas en 2015, se propuso derrocar al presidente a través de un juicio político acabando con el poder ejecutivo en 6 meses, así como destituir a los magistrados del Tribunal Superior de Justicia. De esta manera, atacaron al poder electoral y exigieron pronunciamientos de los titulares del poder moral, como si se tratara de un régimen parlamentario y el legislativo fuera un suprapoder.

A los hechos precedentemente expuestos se les agregan errores históricos que deben analizar y ponderar los chavistas, los cuales significaron el desplazamiento de la mayoría de los puestos en la Asamblea Nacional por la oposición. En su momento de mayor apoyo, en muchos años, éstos aprovechan para atacar y descalificar. Es así que en este escenario, surge la petición del revocatorio, la divulgación morbosa del hambre a que se tiene sometido a los venezolanos y la contradicción de diálogo por un lado; y negación, por el otro.

En los pasados días en Venezuela se produjo un claro intento de golpe de estado que no tuvo la repercusión mediática en función a la clara gravedad que reviste el asunto. Para aquellos que los desconocen: el oficial de policía Oscar Pérez y varios cómplices capturaron un helicóptero en una de las bases del ejército en la capital del país, la ciudad de Caracas, y atacaron desde el aire los edificios de la Corte Suprema del país y del Ministerio del Interior. Se utilizaron armas pequeñas y granadas de Colombia. Los insurgentes publicaron un video mensaje en el que instaron al presidente Nicolás Maduro a dimitir. Esta acción que en cualquier otro país sería unánimemente condenada como un intolerable acto golpista, considerando a los agresores como terroristas, lejos de ello, los medios más poderosos han preferido calificar a los atacantes como “policías rebeldes”, otorgando a éstos un aura cargada de heroico romanticismo. A este hecho se le agrega el ataque del miércoles 5 de julio donde un grupo de personas irrumpió en la sede de la Asamblea Nacional, en el centro de Caracas. Entre los heridos hay varios diputados de la oposición y periodistas. Según videos divulgados en redes sociales, hubo detonaciones de fuegos artificiales en el lugar. El suceso ocurrió en el contexto de los actos conmemorativos de los 206 años de la firma del Acta de Independencia de Venezuela.

Es preciso destacar que solo en los meses de abril, mayo y junio de 2017, más de 100 personas fueron asesinadas a consecuencia de la violencia política: policías y militares, civiles que nada tenían que ver con las protestas, manifestantes opositores y un considerable número de simpatizantes del chavismo, en algunos casos víctimas de linchamientos, disparos o quemados vivos en detestables crímenes de odio, eso sin contar a los miles de lesionados y las millonarias pérdidas en daños a la infraestructura pública y comercios. La estrategia opositora ha incluido la quema de unidades de transporte, ataques a las estaciones del metro, incendio de edificios gubernamentales, incendio de locales del Partido Socialista Unido de Venezuela, sabotaje eléctrico, secuestro e incendio de camiones y galpones de alimentos, colocación de guayas (cables tensados de un extremo al otro de las calles, utilizado para decapitar motorizados), paramilitarismo y sicariato, entre muchas otras acciones que pueden calificarse como terroristas. Como telón de fondo, se ha intensificado la guerra económica, disparándose los precios y el valor del dólar paralelo. En poco más de tres meses, la estrategia opositora ha caotizado la vida cotidiana de la población en diferentes zonas del país, al tiempo que clama por una intervención extranjera a través de las vocerías en la OEA, del gobierno de Donald Trump y de los gobiernos Europeos. Todo lo anterior acompañado de un cada vez más evidente bloqueo financiero internacional. Es, a todas luces, un complejo plan desestabilizador.

Según la investigación del periodista Marco Teruggi, la ofensiva tiene tres planos: el estratégico que lo decide el Departamento de Estado; el operativo, que está a cargo del Comando Sur; y el táctico en manos de la oposición. El periodista precisó que “existe un bloque compuesto por los principales partidos políticos de la oposición, particularmente Voluntad Popular y Primero Justicia, los grandes empresarios y algunos funcionarios como la fiscal general Luisa Ortega, que operan como avanzada institucional y funciona como la voz que les da legitimidad desde un poder público para sus acciones violentas”.

Enfatizó en que “lo que se busca es no sólo acusar al gobierno de toda la violencia que se vive, sino que el nuevo plan es intentar conformar nuevos poderes públicos, y llevar a un escenario de un doble gobierno, una doble institucionalidad”, remarcó. [4]

Con relación a lo señalado por Teruggi, el militar retirado William Izarra, uno de los precursores de la revolución bolivariana indico que “El Comando Sur (de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos) no ha podido todavía concretar en los tiempos que tiene previsto el plan para tomar Venezuela, porque la respuesta por parte del Gobierno, del pueblo y las Fuerzas Armadas ha impedido que eso se concrete”.[5] Ese plan, según Izarra, se intenta materializar a través del terrorismo, la desestabilización y la guerra no convencional. Agrega que “Han puesto en macha una guerra no convencional, mediática y económica, siguen en las calles intentando generar caos y muertes y ahora van a continuar instrumentando medidas fuera del marco constitucional para crear un Gobierno paralelo”, insistió Izarra, comparando la situación con lo ocurrido en Siria y en Ucrania

A todas luces se observa que el pasado plebiscito convocado por la oposición fue rechazar e impedir la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, desconocer al gobierno de Maduro, pedir una insurrección militar de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y disolver el Estado.

Este intento desesperado de la oposición se muestra por el desgaste de sostener durante 3 meses protestas y otras acciones similares. Se evidencia también en la caída de la masividad de las manifestaciones, por lo que se dejó de convocar a marchas y se anunció un cambio de estrategia, una “escalada”, una “fase superior de lucha”.

 *Abogado, integrante del Centro de Estudios e Investigaciones Sociales, Políticas y Jurídicas “Renato Treves”, colaborador del CEIEP.

[1] Euromaidán, es el nombre dado a una serie de manifestaciones y disturbios heterogéneos de índole europeísta y nacionalista en Ucrania que en su clímax derrocaron al presidente electo Víktor Yanukóvich del prorruso Partido de las Regiones. Estas comenzaron en Kiev la noche del 21 de noviembre de 2013. El día anterior, el 20 de noviembre, el Gobierno de Ucrania había suspendido la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea (UE).

[2] BESSON, Juan Facundo, “La guerra hibrida: el teatro del poder globalista”, CEIEP, 2017.

[3] Según el abogado, periodista y dirigente político venezolano José Vicente Rangel es una expresión ambigua, de uso popular, que permite a los que apelan a las más despreciables acciones políticas, como el irrespeto a la vida y la violación de los derechos ciudadanos, disfrazar su comportamiento y quitarle la carga de irracionalidad que tienen quienes son partícipes de esa práctica. Agrega que la guarimba -el vocablo no tiene significado preciso- aparece durante los años 2002-2003. Ver RANGEL, José Vicente, “Venezuela: guarimba no, terrorismo”, América Económica, 2017.

[4] LUZZANI, Telma, “Cómo es el plan de EEUU para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro”, Sputnik, 2017.

[5] Sputnik, “Gobierno, pueblo y FFAA contienen plan de EEUU para tomar Venezuela”.

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